Colombia: ¿Próximo blanco de EE.UU.?
por Jorge Navarro

Este mes de abril se está caracterizando, en cuanto al conflicto colombiano se refiere por una sucesión de informaciones desde distintos lugares en referencia al papel que los EE.UU. podrían desempeñar en el futuro inmediato del país latino.

Primero fueron los medios argentinos los que sacaron a la luz pública un supuesto plan norteamericano de invasión a Colombia en nombre de una igualmente supuesta Fuerza Internacional, donde tendrían una importante participación los países de la zona, especialmente Argentina.

Posteriormente, el Washington Post se descolgaba con un informe del Pentágono en el cual se aseguraba que la guerrilla podría vencer la larga guerra que les ocupa e implantar un narco-estado, en sustitución de lo que los norteamericanos denominan democracia colombiana.

No bastando estas informaciones, las ultimas venían de la misma prensa colombiana. El Espectador del sábado once de abril abría haciendo referencia a la información que el día anterior había publicado el citado Washington Post, ampliándola con declaraciones del ex-M19 Navarro Wolf, en el sentido de que los últimos éxitos de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia podrían desembocar en una victoria total a no muy largo plazo.

Al día siguiente, el mismo diario ampliaba la información explicando el plan que los argentinos hacían público días antes.

Pero, más allá de las informaciones que se han publicado y las que sin duda se publicarán, hay que destacar el cambio de lenguaje. Hasta ahora, la afirmación de que la guerrilla no tenía opciones a una victoria total era parte de «la lógica imperante».

Los mismos norteamericanos parecían conformarse con dotar al ineficaz ejército colombiano con todo tipo de armamento en su lucha contra los grupos revolucionarios, como única aportación a las ya tradicionales asesorías, instrucciones, financiaciones, ..., que la potencia del norte realiza a los gobiernos latinoamericanos en sus luchas internas.

Sin embargo, los norteamericanos han cambiado el mensaje, y ahora no sólo no ocultan su preocupación sino que además vuelven a mostrar su cara más habitual con sus vecinos del sur, consistente en la intervención sin contemplaciones, aunque --eso sí-- esta vez maquillada de «Fuerza Internacional», y eso también con la complicidad de unas autoridades colombianas sumidas en la más absoluta de las incapacidades por gobernar su país.

Es más, hoy la terminología ha cambiado. Ya se habla abiertamente de «guerra», y a la guerrilla se le da consideración de ejército. De cualquier forma la situación actual se queda perfilada de manera clara. Los norteamericanos no van a consentir que el actual estado de las cosas se complique para sus intereses aún más y ya han optado por aumentar de forma espectacular el suministro de material militar a sus aliados.

Esta primera medida sería la antesala de la citada intervención si los resultados continúan siendo negativos. Lo que no queda tan claro es el impacto que todo esto puede tener para todos los países que se vieran implicados, tanto directamente como indirectamente.

El primero de ellos, Colombia, pasa por un momento que perfectamente se puede definir como dramático. Desde la llegada de Samper al poder, los casos de corrupción y narcotráfico en miembros del gobierno han sido si cabe mayores que en épocas anteriores, con ministros encarcelados, diputados condenados ..., y, en suma, la evidencia de una complicidad absoluta entre poder y narco-tráfico.

Pues bien, en este marco se halla un país con más de un millón de desplazados, con un millón y medio de familias sin acceso a tierras, con un reparto de la propiedad con datos tan elocuentes como el de que un 0'8% de los propietarios controlan el 68% de las tierras agrícolas, o con la escalofriante realidad de que más de la mitad de población padece desnutrición ...

Por si esto fuera poco, hablamos de un país donde guerrilla y gobierno se reparten el control a partes iguales sobre la extensión total del territorio, y donde una de las guerras más cruentas de América deja decenas de miles de muertos cada año, muchos de ellos a manos de grupos paramilitares en una clara estrategia de exterminio indiscriminado que el ejército colombiano practica sobre zonas rurales del país.

En este contexto se habla de intervención militar. En este momento las fuerzas de las que disponen los grupos guerrilleros son de más de 20.000 hombres, de los cuales más de 15.000 pertenecen a las FARC, unos 4.000 el Ejército de Liberación Nacional (ELN) y el resto grupos menores como el Movimiento Jaime Bateman, o grupos indígenas, escisiones de los anteriores.

Solamente los dos primeros controlan la mitad del territorio colombiano, siendo los frentes principales de las FARC y de el ELN inaccesibles para el Ejército, que aunque muy superior en número y medios es sistemáticamente ridiculizado por una guerrilla con la moral cada vez más alta.

En estas circunstancias una intervención exterior provocaría una reacción imprevisible, entre otras cosas porque la viabilidad militar de la misma sería más que discutible.

De entrada los grupos guerrilleros no parecen demasiado preocupados por esa amenaza y, como muestra, las declaraciones de Marco Calarcá, uno de los portavoces internacionales de las FARC: «Nadie puede participar en la guerra colombiana impunemente y, si el gobierno argentino lo hace, tal vez deba prepararse para llevarse algunas bolsas negras macabras».

Lo que sí es evidente es que una entrada de tropas extranjeras al país sería necesariamente duradera en el tiempo, provocando una cesión de soberanía que sin duda tardaría en recuperarse. Pero lo peor de todo es que se produciría una extensión del conflicto a zonas hasta ahora «menos golpeadas» en una más que previsible estrategia de «guerra total» por parte de los grupos rebeldes, sin mencionar las consecuencias económicas.

Pero aún más, las consecuencias no se quedarían solamente en Colombia. Venezuela, por ejemplo, se encuentra inmersa en una batalla electoral que inevitablemente se vería afectada, al igual que las «democracias» siempre frágiles de Ecuador, Perú o Panamá podrían verse sacudidas por una militarización de la zona.

La misma Argentina podría verse perjudicada por su propia acción, o mejor dicho, por la disposición de su «peculiar» presidente a aventuras ajenas.

La otra cuestión que no se menciona es qué ocurriría después de una poco probable victoria total sobre los insurgentes. Evidentemente sería complicado restituir el «orden democrático» en una nación hipotecada a esa «Fuerza Internacional», entre otras cosas porque el 60% de la población colombiana trabaja en la economía informal, siendo en las zonas rurales el peso del cultivo de coca una parte esencial de la supervivencia de los campesinos.

Uno de los argumentos que el Pentágono esgrime en su «informe» es la identificación de narcos y guerrilleros, acusando a los segundos de ser defensores de los intereses de los primeros, con lo que debemos suponer que una de las actuaciones de esa «Fuerza Internacional» sería arrasar los cultivos de coca. Si esto ocurre, alguien iba a tener que sufragar una sustitución de cultivos, porque, si no, la situación del campesinado iba a ser imposible de imaginar.

De cualquier forma la confusión (que por supuesto no es tal) entre narcos y guerrilla también podría tener consecuencias nefastas y muy peligrosas, para empezar porque se estaría negando el hecho innegable de que el conflicto está provocado por la situación de desigualdad, caos, corrupción ... que vive Colombia.

En este sentido ya se han producido voces desde ámbitos políticos tanto europeos como norteamericanos en el sentido de alertar contra este «error». Sea como sea, la tendencia parece que gira en torno a la intervención y, si ésta llega a producirse, asistiremos a una escalada de tensión de la cual será difícil salir, pero lo que es peor, volveremos a presenciar los desgraciados episodios a que nos han tenido acostumbrados las intervenciones estadounidenses.

Abril 1998.

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