LA VÍA REVOLUCIONARIA HOY EN AMÉRICA LATINA

por Jorge Navarro Cañada

Aunque parezca mentira todavía podemos oír, con la mayor de las firmezas, que el único sistema político capaz de dar a América Latina su deseada estabilidad es la Democracia Representativa.

El argumento --como no podía ser menos-- proviene de la ideología dominante, del pensamiento único: El Liberalismo.

Nada tendría ni de nuevo ni de especial, si no fuera por lo siniestro de la afirmación. Siniestro por que estas sentencias «innegables» se hacen en el marco del subdesarrollo más duro y cruel. En efecto, decir hoy que el liberalismo y sus sistemas de representación traen algo bueno al nuevo continente supone una burla, un insulto a los millones de personas que hoy sufren la imposición del mundo desarrollado en forma de sistema político.

Es probable que cualquiera de los campesinos aniquilados en Colombia, México, Guatemala... no supiera decirnos cómo salió elegido cualquiera de los «demócratas» que dirigen sus respectivos países, pero con toda seguridad no dudarían ni por un solo instante el hecho de que las personas que los exterminan son las mismas que después designan a los gobernantes que más tarde consentirán en el mejor de los casos dichas matanzas, cuando no serán organizadas o realizadas por ellos mismos. La cuestión para estas víctimas es sencilla; verdugo y poder son siempre la misma cosa.

Desgraciadamente los casos son tantos y tan brutales que no es necesario recordarlos.

Como supongo que nadie dudará que estas prácticas no coinciden demasiado con los ideales democráticos (en ninguna de sus formas), pasemos a otra de las «lindezas» de dichas «democracias» aceptadas y respetadas internacionalmente.

Sería imposible cuantificar ni siquiera de forma aproximada cual es el porcentaje exacto de los PIB de cualquiera de los países latinoamericanos que sufren la maldición liberal que acaba en los bolsillos de sus gobiernos respectivos.

Son verdaderas partidas millonarias las que acaban en bancos suizos o asiáticos, dinero que debía destinarse al beneficio de la nación.

La cuestión no debe dejarse pasar por lo acostumbrados que estamos a ella, porque no resulta difícil ver que en lugares donde lo que se produce cae en su mayor parte en manos de multinacionales, dejando otra cantidad para el pago de la deuda externa, el sobrante ya es demasiado escaso para que encima se lo queden los «demócratas».

Lo que sí se sabe es la cantidad de riqueza que producen estas míseras economías que se destina a pagar la deuda externa que dichos «demócratas» les fueron dejando. No olvidemos que la generosidad de organizaciones como el FMI (Fondo Monetario Internacional) sirven aún hoy de excusa para seguir recortando los ya insignificantes gastos sociales. Eso sí, el premio será no sufrir embargos, recibir de tanto en tanto la visita de algún grupo de marines norteamericanos que enderece el timón, y, ¿cómo no?, un reconocimiento internacional traducido en ver a sus líderes recogiendo las colillas de insignes personajes europeos y norteamericanos.

En este sentido conviene recordar episodios tan gratificantes como las constantes exigencias que destacados gobernantes latinoamericanos realizan a Fidel Castro en el sentido de dar cabida a «reformas democráticas» en Cuba. Puede que sea una casualidad, pero es que coincide siempre que quien habla más es el que menos legitimidad tiene para ello. Quizá el señor Alemán, Presidente de Nicaragua, padece de tal ineptitud que no recuerda el ambiente de duda que rodeó su exigua victoria en las últimas elecciones nicaragüenses (con un 51% de los votos), como tampoco debe saber que su país, el más pobre de América Central dedica casi la mitad de su PIB a pagar una deuda externa que él incrementa día a día, como herencia para futuras generaciones, al igual que debe ignorar la situación desesperada que sufre su pueblo con índices de pobreza y violencia social desconocidas en etapas anteriores, como por ejemplo tasas tan significativas como las de analfabetismo se han duplicado en su país desde la salida de los sandinistas del poder.

¡Sí, como se puede ver este señor tiene motivos para dar lecciones de democracia!

Pero atención a este tema de la deuda externa, porque se trata de uno de los mayores problemas que sacuden al Tercer Mundo, y por ende a Latinoamérica.

Este tema explotó en plena cara de los gobiernos a principios de los años ochenta. Lo que había detrás de ello, era un hecho lamentable que se repite en la historia del continente: La economía de dependencia.

El crecimiento de décadas anteriores tenía que pasar por caja, y, claro, el beneficiario no era otro que el que a su vez más se había beneficiado del citado desarrollo: Los países ricos.

De esta forma, se inicia la carrera de varios países por sacar la cabeza de este siniestro pozo, y lo hacen pidiendo más dinero. Pero ¡ojo! porque para ello aceptan condiciones brutales por parte del FMI, que está «muy preocupado» por «la necesidad de medidas de ajuste y saneamiento financiero».

Es así como la tradicional extorsión que han sufrido los pueblos americanos encontraba un nuevo frente, llamado la deuda externa.

Para garantizarse el cobro de ésta se han utilizado todo tipo de maniobras por parte de los acreedores, que han ido desde invasiones hasta golpes de estado, pasando por amenazas, y, ¿cómo no?, la exigencia de una incondicional ayuda en la lucha contra Cuba (y antes Nicaragua) que estos guardianes del orden deben cumplir.

De esta forma se entienden reacciones como la del «pisa-alfombras» nicaragüense.

Pero la lista de emisarios estadounidenses no se reduce a este corrupto personaje, puesto que haberlos hay muchos, y ¡vaya hombre! siempre piden algún «dinerillo» después de sus actuaciones en este show de las libertades.

Estas realidades se suman a otras tantas que desangran América. Se suman a una larga lista que el legado «democrático» ha ido dejando a lo largo del tiempo, y siempre bajo la palmadita en la espalda del poder del norte.

Pues bien, ante tanta virtud, la respuesta consiste en culpar de esto a «los elementos», y en acusar de loco a todo aquel que defienda una vía distinta, y, ya de paso, destrozar por todos los medios a todo aquel, país, persona, grupo... que ose retar tales revelaciones.

El método de los «demócratas» en esta tarea va desde el clásico escuadrón de la muerte, hasta el «amigo» paramilitar, o simplemente cuando están algo más civilizados el desprecio hacia lo que ellos tildan de utópico. Este último, si bien es el más leve de los ataques, es el primero que debemos evitar, porque la dignidad de un pueblo, su bienestar, su derecho a disfrutar de lo que la naturaleza y su condición de ser humano le ha dado, su derecho a vivir de acuerdo con sus valores culturales, y, por supuesto, su derecho a nacer sin deber cantidades que ni llegará a ver no puede ser una utopía. Si creemos eso, estaremos negando el derecho de América a ser libre.

SOLUCIONES

Sin duda hablar de soluciones resulta más difícil que el rebatirlas, pero --como es lógico-- es la única vía de progreso.

De momento algo sabemos a ciencia cierta: Cualquier intento que implique un cambio en la distribución de la riqueza sólo es viable a través de procesos revolucionarios.

Esta afirmación, lejos de ser gratuita, es palpablemente demostrable. Ni una sola vez las élites económicas de América Latina han aceptado ceder recursos si no ha sido por la fuerza.

Pero atención, porque hablar de procesos revolucionarios no puede estar sujeto a la libre imposición de ideas.

Ese es un peligro demasiado grande que ha corrido y corre el mundo insurgente, por lo que se hace imprescindible una revisión de conceptos.

La Revolución no es algo ni aplicable a todos los lugares ni en todos los momentos, pero sí lo es en América Latina. Lo es, no por capricho de «un grupo de locos», sino por una necesidad histórica de romper con unas cadenas que llevan demasiado tiempo atando el futuro de nuestra gente.

Como he dicho, la necesidad de este cambio debe cumplir unas condiciones que impidan el que este hecho se convierta en una nueva atadura. Es más, sólo cumpliendo el requisito fundamental de elegir correctamente el lugar y el momento es posible llevar a buen puerto esta necesidad.

Muy pocos hombres supieron interpretar este hecho como Ernesto Guevara, que ya el veintiséis de julio de 1959 en su artículo «Guerra y población campesinas» hablando sobre la guerra de guerrillas afirmaba:

«Pretender este tipo de guerra sin el apoyo de la población, es el preludio de un desastre inevitable»

Efectivamente, una Revolución impuesta no es tal, y el fruto de ésta igualmente tendrá que hacerse con la participación directa del pueblo para evitar caer en feroces dictaduras más preocupadas en su subsistencia que en su gente.

La situación actual de América no deja muchas dudas sobre la situación que viven varios de sus países, y somos muchos los «pesimistas» en lo que al futuro se refiere. Creo que es bastante fácil prever que el futuro inmediato de países como Colombia, Perú, México, Nicaragua, Guatemala... no es precisamente brillante, como tampoco tenemos que hacer un esfuerzo para saber que las consecuencias de todas esas presumibles dificultades van a caer sobre los sectores más desfavorecidos de las poblaciones. Las próximas matanzas de campesinos en México las pensará el cínico Zedillo y las ejecutará su «democrático» ejercito o los matones del PRI, pero las siguientes saldrán de la cabeza del próximo «demócrata» que atormente a los mexicanos, y así seguirá siempre hasta una de dos: Que no queden más indígenas o que no queden más Zedillos.

Esto mismo pasa con el títere Samper en Colombia, donde tambien los asesinatos masivos se hacen en defensa de unos intereses bastardos, tanto, que esos mismos intereses son los que sumen a estos países en la miseria más absoluta.

Son las realidades de un continente golpeado sistemáticamente por «la democracia», ya que La Democracia es algo del pueblo y para el pueblo, y, si todavía no la hemos visto en «el primer mundo», veo difícil que salvo que se produzca el cambio que propugno lleguen a verla los sufridos miembros del club de subdesarrollados.

Así están las cosas, y no dudemos que mientras las pensamos (si es que no cumplimos con la vergonzosa costumbre de ignorarlas) las condiciones que provocan esta demencia se agrandan y golpean más fuerte.

Tanto es así, que el proceso revolucionario es algo irrenunciable en la lucha por la mejora de la dignidad humana.

Pues bien, preguntémonos:

¿La injusta distribución de los recursos es la fuente del problema?.

Supongo que a estas alturas todavía hay quien lo duda, pero creo que es bastante evidente que se trata del primer problema a resolver.

Máxime cuando sabemos que una exigua minoría de afortunados controlan los destinos de la mayoría, y esto es posible gracias a que la casi totalidad de los recursos están en manos de unos pocos, muy pocos, llegando incluso en algunos países a ser proporciones de locura. Sin ir más lejos, en Colombia (y no es en absoluto el peor de los casos) menos del 15 % de los terratenientes poseen casi el 50 % de las tierras más fértiles, mientras que el 67 % de los campesinos no reúnen mas que un 5% de las tierras cultivables. Hay más de un millón y medio de familias sin acceso a tierras. Lo que la naturaleza les dio, el rico se lo quita.

Estas estadísticas son mucho más duras en Nicaragua, Guatemala, Perú....

La reflexión, pues, nos devuelve otra duda: ¿Cómo puede ser posible desde sistemas basados en la legitimidad de la desigual distribución de recursos cambiar dichas condiciones, máxime cuando coinciden los poderes económicos con los políticos?

Lo que pretendo demostrar es que América Latina se debate entre dos vías:

-- Una, impuesta por El Primer Mundo, consistente en mantener unas élites económicas fuertes capaces de llevar toda la economía del país respectivo de forma que según ellos la riqueza de éste terminará por afectar a la totalidad de la población.

Coincide con la teoría liberal clásica en el sentido de colocar al estado como garante de esas condiciones.

-- Otra, en permanente oposición a la primera, que pretende la eliminación de dichas elites de forma que la riqueza la distribuya un Estado fuerte capaz de hacer llegar las necesidades básicas a la totalidad de la población.

Se trata de Reforma Agraria, Alfabetización masiva de la población (en algunos lugares como Nicaragua la tasa de analfabetismo es del 30%), extensión universal de la atención sanitaria....

Se trata de un discurso tradicional de la izquierda latina.

De manera tan simple como rápida podríamos dividir los cientos de propuestas diferentes en estos dos grupos, encontrándonos con algunas conclusiones a grosso modo.

Para empezar no ofrece la historia demasiadas dudas sobre el talante de dichas élites. Estos grupos se han caracterizado en América por su extrema voracidad y por su capacidad infinita de generar violencia. En raras ocasiones han participado de una voluntad real de progreso y muy al contrario han sido siempre los aliados incondicionales de dictaduras militares o gobiernos impuestos desde el exterior.

Por el contrario el campesinado americano no ha podido demostrar más que una paciencia infinita. Ha sido constantemente masacrado, llegando a proporciones de exterminio en colectivos indígenas. No sólo se les ha matado y robado, sino que además se les han negado brutalmente sus derechos civiles, y lo que es más difícil aún, su identidad como grupos diferentes.

La reacción estatal en todo el continente ha sido la de mantener este status combatiendo a todo aquel que se ha opuesto, tanto en forma de guerrillas como en formas pacíficas.

Curiosamente estas reflexiones han estado durante algunos años «superadas». Después de la caída del Bloque Soviético la ideología dominante fue implacable a la hora de tildarlas de antiguas, trasnochadas..., pero sobre todo de ser el caldo de cultivo de revoluciones desfasadas.

Más curiosa se hace aún la situación actual, donde las demostraciones parecen caminar a la inversa.

Ahora ya las democracias representativas no son un valor en alza en la América de habla hispana. Parece desvanecerse el sueño de muchos consistente en un continente dominado por parlamentos legítimamente elegidos, por gobernantes honestos y militares en sus cuarteles.

Quienes en algún momento lo creyeron comienzan a rendirse ante la evidencia.

Ya no hay intromisiones soviéticas ni armas provenientes de países socialistas, ya no hay partidos comunistas pro-rusos, ya no hay....

Ahora sigue habiendo hambre, siguen llegando al poder personajes corruptos apoyados por el narcotráfico y controlados por militares al servicio de los primeros.

Las políticas de dichos gobiernos están destinadas a pagar deudas externas y a incrementar los ingresos de las élites aumentando las diferencias de renta entre los distintos sectores de población.

El Primer Mundo exige la estabilidad necesaria para garantizarse este constante chorreo de ingresos al precio que sea, incluido el suministro de armas con el que después se exterminarán poblaciones enteras de indígenas.

Además asistiremos a nuevos conflictos armados entre estados latinoamericanos, donde por supuesto las consecuencias no las pagarán los que los patrocinan y promueven.

De acuerdo, si todo sigue igual, si las democracias mexicana, salvadoreña, chilena, colombiana... es esto lo que nos ofrecen, ¿no será que dichos sistemas no son aplicables a estos países?

¿No se estarán importando políticas sin ver que las circunstancias americanas no permiten su aplicación?

Mi opinión desde luego se mueve en el rechazo absoluto a formas de gobierno encaminadas a sostener sistemas de injusticia social, y tengo claro que el liberalismo y su expresión representativa es una de ellas.

Pero, independientemente de este juicio, es innegable incluso desde posiciones liberales el hecho de que estos sistemas han fracasado. Es imposible negar una realidad palpable:

Las condiciones que hoy presenta la gran parte de América Latina no permiten más camino que un cambio en la distribución de la riqueza más justo, dando absoluta prioridad a la satisfacción de las necesidades básicas de toda la población.

Esto no cabe de otra forma que siendo financiado por los colectivos favorecidos en la situación anterior.

Más claro, los ricos tendrán que compartir los beneficios que han obtenido con los más pobres.

Estas circunstancias no son viables desde sistemas encaminados a la consolidación de los capitales.

No es posible realizarlo desde sistemas que reducen el acceso al poder a individuos designados por los propietarios de la riqueza, ya que no hace falta ser muy listo para ver que quien manda no va a legislar en contra suya.

Es, pues, necesario cambiar las estructuras sociales e incluso culturales que hacen de dicho continente un interminable foco de desigualdades.

Estos cambios han de afectar a la organización no sólo social, si no también étnica. Acabar definitivamente con la discriminación es algo que sólo se puede hacer desde la integración, que --como es evidente-- empieza en procesos económicos y culturales.

De cualquier forma la clave está en disponer de recursos.

Estos han de provenir de las riquezas nacionales, y para ello se hace imprescindible una renegociación de la deuda externa en bloque. Sólo reduciendo sustancialmente las cantidades y las formas de pago se puede iniciar un proceso que unido a la redistribución de riquezas haga posible un avance real.

¿REVOLUCIÓN?

Estos fines han sido siempre una meta, pero en muchos lugares sus enemigos lo han reducido a un ideal.

Allá donde se ha intentado un progreso se ha producido una reacción inmediata de multinacionales, élites nacionales y ejército para poner fin a cualquier intento por mucho apoyo popular que tuviese.

Lo han visto todos y cada uno de los ciudadanos del continente.

Ni uno solo de ellos ha dejado de ver ni por un momento la terrible sucesión de violaciones sistemáticas a la soberanía de sus países que los Estados Unidos han realizado directa (a través de invasiones, embargos...) o indirectamente (a través de dictadorzuelos criminales o de políticos prostituidos pero, eso sí, «muy democráticamente elegidos»).

Incluso esta gente se instala en lugares de poder después de haber sido rechazados por su pueblo. Casos como el de Pinochet en Chile no son únicos. Asesinos y criminales usan las leyes para seguir chantajeando y extorsionando a sus compatriotas.

Las vías provenientes del mundo desarrollado son una soga en el cuello de los débiles; incluso, quienes más obligaciones morales tienen, como por ejemplo España o Portugal son los primeros en sacar «tajada» de la situación, incluyendo actitudes hostiles como la que el gobierno español ha mostrado hacia Cuba en favor de las presiones norteamericanas.

España tiene la obligación de servir de puente y apoyo a las reivindicaciones latinas, teniendo siempre presente los lazos históricos y culturales que nos unen, muy por encima del pseudo europeísmo que tan de moda se ha puesto entre los españoles. Esto también se refiere a las restricciones que «este nuevo rico» pone a la migración que huye de las lamentables condiciones de vida del Nuevo Continente, demostrando que su alzheimer histórico no sólo afecta a los años de colonización, sino que también lo hace a los mucho más recientes años de acogimiento masivo de emigrantes españoles en estos países.

La superación en sistemas representativos de elecciones ha demostrado ser inviable, ya que a la serie de trabas que se ponen a cualquier grupo que proponga un cambio real se le une la reacción violenta del poder económico y militar siempre que sus intereses son puestos en cuestión.

Por tanto la única vía posible hoy, al igual que ayer, es la revolucionaria.

Sólo a través de la toma del poder por la fuerza se hace viable la revisión del sistema de abajo a arriba.

Es absurdo seguir esperando el respeto por Los Pueblos de aquellos que los oprimen.

Resulta lamentable continuar viendo impasibles matanzas y persecuciones de grupos étnicos enteros, el hacinamiento en condiciones de extrema pobreza de inmigrantes dentro de sus propios países en ciudades que rebosan delincuencia y malestar.

Igualmente no podemos asistir a gobiernos chantajeados desde el interior de sus naciones por ejércitos y narcotraficantes que antes los pusieron, o por potencias extranjeras que ejercitan la usura más pura y dura.

Debemos decir ¡basta! desde la unidad y la mutua ayuda contra un enemigo común que hace que el mundo latino se desangre por las heridas que él mismo se hace.

Jorge Navarro Cañada

Madrid, Enero 1998

navarro@redestb.es
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