Cuestiones Disputadas sobre Israel

por Lorenzo Peña


v1.2 -- 2002-04-30.NOTA 1_1


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2002-04-21
Copyright © 2002 Lorenzo Peña

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Índice

  1. ¿Qué es Israel? ¿Qué es Palestina?
  2. ¿Existe Israel?
  3. ¿Son lo mismo el pueblo israelí y el pueblo judío?
  4. Israel ¿estado para el pueblo judío?
  5. ¿Hay que resignarse a los hechos consumados?
  6. El principio de usucapión
  7. ¿Israel independiente?
  8. ¿Un estado viable?
  9. Una propuesta alternativa: renunciar a la independencia palestina
  10. Objeciones
  11. Conclusión

§1.-- ¿Qué es Israel? ¿Qué es Palestina?

Israel es, o creemos que es, un estado. En esa acepción de la palabra, sin embargo, apenas empieza a usarse hasta justamente la proclamación de dicho estado, el viernes 14 de mayo de 1948. Ocasionalmente, antes de esa fecha, los partidarios de la erección de un estado sionista habían hablado de llamarlo `Israel'; en general no usaban esa denominación, sino que se referían al futuro estado judío de Palestina llamándolo así, `el estado judío de [o en] Palestina' u otra locución similar.

Para saber qué es Israel, en ese sentido de la palabra, es menester saber si efectivamente es eso, un estado de verdad; y, además, es preciso saber qué es un estado, cosa que todos creemos saber pero que es mucho más difícil dilucidar con rigor de lo que parece a primera vista.

Ahora bien, sería ilusorio aferrarse --estricta y unilateralmente-- a esa acepción particular de la palabra, `Israel'. Porque cuando una palabra tiene varios significados, emparentados o afines, cada uno de ellos destiñe en el otro y le da una connotación, de suerte que la entidad significada, en cada acepción, es un ente difuso u oscilante que responde en parte a una delimitación y en parte a otra.

Y de hecho históricamente `Israel' se ha usado principalmente para designar a un amplio grupo humano, una comunidad, mitológicamente procedente de un personaje bíblico legendario, Jacob, hermano de Esaú y nieto de Abrán, el cual se habría llamado después `Israel' y habría engendrado a 12 hijos varones, raíces de las imaginarias 12 tribus de Israel. Esa comunidad en su legendario origen étnico --los hebreos-- era simplemente una pequeña rama de uno de los muchos grupos nómadas semíticos. Como todos los grupos étnicos, ése se agrupaba y se diferenciaba de los demás menos por vínculos de sangre que por compartir una lengua o un dialecto, por una cultura, unas creencias, unas instituciones y una proximidad geográfica mutua. Genéticamente ni los hebreos ni ninguna otra etnia fue nunca racialmente pura.

Tras someter a sus primos hermanos los cananeos y a otros indígenas de Palestina, los hebreos establecieron en la remota antigüedad preclásica un reino fugaz que pronto se escindió en dos: el de la tribu de Judá, al sur, y el de casi todas las otras tribus, al norte, que por eso se llamó de `Israel'. Ambos perecieron bajo los embates de otros pueblos semíticos (asirios y babilonios). Con breves renacimientos ulteriores que por un momento instauraron una apariencia de nuevo estado israelita (Macabeos, dinastía de Herodes), más o menos enfeudado a los imperialismos de la época (sirio-macedonio, greco-egipcio y a la postre romano), el hecho es que una genuina e independiente entidad política israelita o hebrea en Palestina dejó de existir hace unos 2.500 años. En la época de Jesucristo el hebreo era, desde hacía siglos, una lengua muerta (los Israelitas o Palestinos de entonces hablaban el arameo, aunque el hebreo se estudiaba y se siguió estudiando como lengua de culto).NOTA 1_2

A diferencia de `Israel', `Palestina' es una palabra que ha designado siempre, no un grupo étnico, religioso u otro, sino un territorio (independientemente de que la etimología pueda remitir a los Filisteos o fenicios, otra de las etnias semíticas predominantes en la zona hace más de dos milenios).

Palestina era en la antigüedad --como lo ha seguido siendo la mayor parte del tiempo transcurrido desde entonces-- un territorio relativamente delimitado. Aunque han fluctuado mucho sus fronteras, en general --siendo por lo demás un territorio exiguo-- se ha considerado una unidad geográfica aproximadamente natural, entre el Mediterráneo y el Jordán, con el Sinaí al sur y el Líbano al norte.

En los largos siglos de la dominación romana (o romano-bizantina) fue sufriendo un cambio la población de Palestina, inicialmente de origen cananeo-hebreo y de religión israelita (en las dos sectas: la heterodoxa del judaísmo y la ortodoxa del samaritanismo, o religión mosaica pura); esa población se fue mezclando más y más con inmigrantes de otras procedencias y fue abandonando la religión israelita --salvo una minoría cada vez más marginal--. Provincia del imperio romano cristianizado (o bizantino) entre los siglos IV y VII, sufrió en este último terribles convulsiones, siendo finalmente conquistada el año 637 por sus primos hermanos los árabes, quienes fueron paulatinamente imponiendo el predominio de la religión musulmana. La arabización fue rápida. Los cruzados apenas lograron, a costa de espantosas masacres, imponer un precario dominio franco sobre porciones del territorio de «Tierra Santa» entre el año 1099 y el 1189,NOTA 1_3 volviendo Palestina al espacio político árabe o turco-árabe, al cual habrá pertenecido --con esa interrupción de las cruzadas-- desde mediados del siglo VII hasta 1918.

En concreto, ese espacio político árabe se configura desde la baja edad media, y sobre todo desde el siglo XVI, como un Imperio plurinacional bajo hegemonía del Sultán turco-otomano. En el siglo XIX el decadente imperio otomano refuerza su tendencia a erigirse en un estado nacional turco, lo cual acarrea un incipiente irredentismo árabe en Arabia, Egipto y Siria (Palestina formaba parte de ésta última). El imperio otomano se colocó bajo la protección de Inglaterra y Francia, pero, al estallar la primera guerra mundial en 1914, cometió el error de alinearse con Alemania contra esas dos potencias occidentales. El resultado fue la desmembración del imperio otomano, estando a punto Turquía de desaparecer como estado independiente o de verse reducida a una mínima expresión.

Al acabar la primera guerra mundial, Inglaterra (que poco antes había impuesto su protectorado sobre Egipto) se adueñó de Mesopotamia (hoy Irak) y de Transjordania-Palestina, dejando a Francia Siria y el Líbano. Si esa expansión colonial se hubiera efectuado unos años antes o en otras circunstancias, no habría hecho falta disimularla con tapujo alguno. Pero los bolcheviques habían tomado el poder en Rusia en 1917, y desde Moscú se alentó a los pueblos oprimidos de Asia y de África a luchar por sacudir el yugo colonial. Había que presentar las cosas de otro modo.

Entonces se inventó un artilugio: los territorios que, habiendo formado parte del imperio otomano o habiendo sido colonia de Alemania, se colocaban ahora bajo el yugo de Inglaterra, de Francia o de Bélgica no serían colonias ni protectorados, sino territorios bajo soberanía de la flamante sociedad de naciones pero que ésta confiaba, a título de «mandato», a la respectiva potencia colonial. A diferencia de las colonias, a las que nada se prometía, a los pueblos de los territorios bajo mandato se les ofrecía un futuro autogobierno en términos vagos. En la práctica se organizaron tres clases de mandatos: A, B y C. Los A eran de raza blanca (o sea, los países árabes que habían estado hasta ese momento formando parte integrante del sultanato de Istambul) y en ellos la potencia colonialista agraciada se veía constreñida a ciertos controles teóricos para asegurar la marcha hacia ese futuro autogobierno de las poblaciones. Los mandatos B y C estaban poblados por negros y recibieron un trato mucho más duro.NOTA 1_4

He hablado más arriba de la paulatina evolución de la población palestina a partir de los últimos siglos antes de nuestra era. Pero a la vez está la diáspora israelita o hebrea (abusivamente llamada `judía' por generalización del nombre de una de las 12 míticas tribus descendientes de Jacob). Esa emigración o diáspora fue raíz de una comunidad difusa, la que ha recibido nombres sólo parcialmente apropiados de `judía', `hebrea', `israelita', dispersa por todo el mundo. Si originariamente pudo tener una cierta homogeneidad étnica, ésta se ha diluido hasta casi desaparecer con el transcurso de los siglos, por la mezcla con otras poblaciones (a pesar de la prohibición bíblica de los matrimonios mixtos) y el número de conversos (aunque la religión mosaica es en general escasamente proclive al proselitismo, por vincular la adoración monoteística de Yaweh al pueblo elegido por éste).

Siempre fueron múltiples y mutuamente contradictorios los criterios de pertenencia a esa difusa comunidad israelita, hebrea o judía: en parte, religiosos; en parte (aunque eso ha sido prácticamente ficticio y legendario durante los últimos 10 siglos o más) étnica o racial o genética (digamos: un supuesto vínculo de sangre con los que emigraron de Palestina entre el siglo V antes de Cristo y el siglo II de nuestra era, aproximadamente); en parte nada de todo eso, salvo en el vago recuerdo de una tradición familiar casi olvidada y redescubierta saltuariamente al cabo de decenios por los buscadores de raíces; en parte tal vez ni siquiera eso, sino una agregación por alguna afinidad o como fruto de la casualidad.

Esa dispersa comunidad no compartía ni lengua (salvo que los rabinos estudiaban, como lengua muerta desde hacía milenios, el antiguo hebreo) ni territorio ni vida económica. Si eran devotos israelitas o no la mayoría de sus integrantes es difícil de saber, y posiblemente falso a comienzos del siglo XX (aunque eso es siempre problemático dado el carácter sumamente indeterminado y pluricriterial de la pertenencia a tal comunidad informal).

Felizmente, a fines del siglo XIX esa comunidad estaba asimilándose en la mayor parte de los territorios donde habitaban sus miembros y éstos iban adquiriendo los mismos derechos de los demás ciudadanos --aunque sufriendo ramalazos de intolerancia (como tal o cual desmán turbulento --pogrom-- a fines del imperio zarista).

Ahora bien, a fines del siglo XIX surge el movimiento sionista lanzado por el austríaco Teodoro Herzl (1860-1904)NOTA 1_5 y otros autoproclamados portavoces de esa comunidad israelita o judía.NOTA 1_6 Ese movimiento colonialista tendía a llevar a un territorio extraeuropeo a los hebreos de las distintas naciones europeas, para formar un estado bajo protección colonial europea.NOTA 1_7 La ubicación se discutió y hubo titubeos, aunque al final prevaleció la idea de que habría de ser un retorno a la Tierra de Canaán, o Sión, o sea a Palestina.NOTA 1_8 Organízase así la colonización de Palestina, imponiendo las monarquías europeas al Sultán turco (de cuyos dominios formaba parte Palestina) la admisión, como colonos privilegiados, de emigrantes israelitas venidos del Norte.NOTA 1_9 Esas potencias presionaron al gobierno de Istambul para conceder amplias prerrogativas a esos emigrantes, reformando la legislación civil en un sentido que les permitiera adueñarse de tierras comprándoselas por sumas módicas a terratenientes absentistas. Bajo el régimen de capitulaciones que impusieron al decadente poder otomano, los emigrantes en Palestina y demás provincias del Imperio Otomano quedaban amparados por la jurisdicción consular de una u otra potencia europea.NOTA 1_10

¿Qué comunidad era ésa? Dada la inadecuación de cada término para llamarla, prefiero usar la más neutral palabra de `comunidad hebrea', que al menos remite a ese vínculo genético con Jacob, aunque éste sea en muchos casos imaginario y en otros tan diluido como lo está seguramente en muchos de los que no se consideran pertenecientes a tal comunidad. (No es impensable --ni siquiera tal vez inverosímil-- que todos los humanos actuales tengamos a Jacob --o a otro hebreo influyente de ese período-- como uno de nuestros antepasados.)

En rigor ser judío o hebreo o israelita no es casi nada porque puede ser cosas muy diversas; puede ser una disyunción de todas esas determinaciones, o puede estribar en un cierto aire de familia que une a cada hebreo con al menos otro, formando una cadena en la que, al cabo de varios eslabones, se pierde cualquier similitud que no sea la común pertenencia a la especie humana --salvo tal vez la de sufrir o aceptar en algún grado esa imaginaria adscripción.

(Las fronteras entre lo real y lo imaginal son difusas porque lo imaginal es una dimensión de lo real, configura en parte, aunque subsidiaria y secundariamente, una faceta de lo real.)

Durante la primera guerra mundial las potencias imperialistas en conflicto mutuo se combatieron también en el campo de la propaganda; había dos bandos: el germano-austríaco-turco y el «aliado» que englobaba, entre otras potencias, a Inglaterra, Francia e Italia y más tarde a los EE.UU. En 1917, al desertar Rusia de la coalición aliada por el triunfo de la revolución bolchevique, prodújose una situación de empate bélico, esforzándose cada bando por suscitar apoyos en sectores de la opinión y provocar descontentos en el campo enemigo.

Así, unos y otros cayeron en la cuenta de que la comunidad hebrea o israelita era un sector no desdeñable por diversos conceptos y cuya movilización a favor de un campo podía contribuir a inclinar la balanza. Puede que esa esperanza fuera muy exagerada, puede que influyeran otros factores (fervor religioso, empacho de lecturas bíblicas, antisemitismo, complicidades de la clase alta por encima de las discrepancias religiosas).NOTA 1_11

Sea como fuere, Inglaterra prometió a los sionistas (aunque en términos vagos) el apoyo al establecimiento en Palestina de un `hogar nacional judío', o sea --con un eufemismo-- un estado hebreo.NOTA 1_12 Y (aunque un poco obstaculizada por la alianza del Sultán, siendo Palestina una provincia del imperio turco) Alemania hizo algo parecido, aunque sin contraer un compromiso claro, auspiciando abiertamente la causa sionista.

Triunfante Inglaterra, hizo estampar entre las cláusulas de la resolución de la sociedad de naciones que regiría el «mandato» de Palestina las dos --mutuamente contradictorias-- de:NOTA 1_13

  1. Conducir a la población local al autogobierno (y eventualmente a la independencia);NOTA 1_14 y

  2. Fomentar allí un hogar nacional judío.NOTA 1_15

¡Qué ambigüedad de los términos (típica picardía diplomática)! Quería hacerse pasar como meramente un pacífico fomento de recepción de inmigrantes hebreos o israelitas (para que se sintieran como en su casa --en su «hogar»), sin mermar los derechos de la abrumadora mayoría de la población, que era árabe; pero en realidad históricamente la minoría israelita (o judía) siempre había sido allí bien acogida y tratada con tolerancia y hospitalidad por la población árabe-palestina.NOTA 1_16

Cuando empezó una resistencia popular a la inmigración hebrea es justamente como rechazo al movimiento sionista impuesto --como he señalado más arriba-- por las potencias colonialistas europeas al decadente Imperio Turco desde fines del siglo XIX (y sobre todo bajo el mandato británico, 1919-1948), porque entonces la población local se percató de que estaba siendo despojada de sus tierras, sometida a un desalojo del territorio que masivamente habitaba desde hacía milenios y convertida en extranjera en su propia patria.NOTA 1_17

En general, el colonialismo inglés, al sojuzgar Palestina en 1919, se atuvo a su promesa de convertirla en patria de los inmigrantes sionistas, lo que significaba despojar de su tierra a la población local, que era en su casi totalidad árabe (como lo había venido siendo desde el siglo VII). Sin embargo, hubo oscilaciones.NOTA 1_18

Al final, tras haber impuesto manu militari una presencia, con estatuto privilegiado, de una enorme masa de inmigrantes europeos (de origen presuntamente hebreo o israelita), la monarquía inglesa se largó de Palestina entregándola de hecho, pero no de derecho, a sus sucesores, los jefes sionistas. Éstos se ampararon en una resolución (no vinculante) de la asamblea general de la ONU de noviembre de 1947 (que recomendaba la partición de Palestina en dos estados, uno árabe, o sea de la población autóctona, y otro hebreo, para los europeos recién inmigrados). El viernes 14 de mayo de 1948, al atardecer, esos dizque hebreos proclamaron el estado al que dieron el resucitado nombre de `Israel'.NOTA 1_19 Nunca antes nadie había empleado las locuciones `ir a Israel', `vivir en Israel', `estar en Israel', `venir de Israel', etc.NOTA 1_20 `Israel' había designado esa vaga comunidad humana míticamente descendiente del patriarca Jacob, o a lo sumo un fugaz reino de la remota antigüedad; no un territorio, no un país; no un estado. No un pueblo, en el sentido moderno de `pueblo' como la población de un territorio más o menos unida por lazos políticos, lingüísticos y culturales.


§02.-- ¿Existe Israel?

No, no existe el estado de Israel. O, más exactamente, lo que se suele creer que existe y que es un estado y que se llamaría el de `Israel', eso no existe más que en la imaginación. El problema no es meramente si debe o no existir, si le es lícito o no existir, sino si existe.

¿Existe algo que, de algún modo, corresponda a esa apariencia de estado de Israel? Sí, hay una entidad detrás de eso, una entidad con personalidad colectiva difusa que posee un cierto grado de existencia y que constituye la sustancia que da corporeidad al mito del estado de Israel. Le da una corporeidad que, sin embargo, no es la de un estado, en el sentido técnico-jurídico.

Como no existe el estado de Israel, tampoco existe todavía un pueblo israelí, o de Israel. (Úsase el adjetivo `israelí' para denominar a lo perteneciente o relativo al presunto estado de Israel, a diferencia de `israelita' que mentaría a los antiguos hebreos o a los descendientes de Jacob o a los que profesan la religión mosaica --un poco todo eso o una comunidad difusa y oscilante.) Hay, sí (hasta cierto punto), un pueblo del territorio colocado bajo las leyes de la entidad política sui generis a la que convencionalmente se llama `estado de Israel'. Y puede llegar a existir un día un pueblo israelí, como puede llegar a existir un genuino estado de Israel; porque los pueblos y los estados son productos culturales de la colectividad humana que se hacen y se deshacen; pero a lo largo de un dilatado proceso histórico, no artificial y súbitamente a golpe de unos decretos.

No existe el estado de Israel porque lo que hay en Palestina no es un estado, aunque sí se llama `estado de Israel', o `Israel' a secas. No es un estado, en la acepción moderna, porque un estado es una soberanía territorial, es la organización política de la población de un territorio que ejerce el máximo poder compatible con la convivencia internacional (aunque las potencias imperialistas ejercen uno incompatible con tal convivencia, ya que no respetan el derecho internacional). Hay varias concepciones en el derecho internacional público sobre la relación entre el estado y el territorio. Para unos, el estado no es sino el territorio, con su población como titular colectiva del mismo: el estado alemán es Alemania, la tierra alemana. Para otros autores el territorio es el patrimonio territorial del estado, el cual es ante todo una organización de hombres con poder sobre hombres, y sólo indirectamente sobre la tierra que éstos habitan. Y hay teorías que introducen nuevas matizaciones (el territorio como competencia, o como ámbito de la competencia o jurisdicción).

Mas sin entrar en esas polémicas doctrinales un tanto abstrusas, todos están de acuerdo en que hoy un estado es una organización política que agrupa básicamente a la población de un territorio y que ejerce su poder en ese territorio. En eso difiere el estado moderno de lo que pudieron ser las soberanías dinásticas de siglos pasados, que se definían principalmente, no por el territorio de su jurisdicción, sino por el vínculo de sangre hereditario en la titularidad de tal soberanía. Nótese empero que ni siquiera en los siglos XV al XVIII fue tal concepción dinástica absolutamente preponderante; ya entonces estaba en ciernes la concepción territorial del pueblo-estado, la cual ya había prevalecido en las Repúblicas de la antigüedad.

Hay que entender en sus justos términos esa concepción moderna del estado como organización de la población de un territorio con poder sobre ese mismo territorio.

Esa concepción no significa que el estado tenga que ser democrático. Ni siquiera implica la pertenencia a tal población de todos los habitantes afincados en el territorio durante generaciones consecutivas. Ni excluye necesariamente el reconocimiento de unos ciertos derechos de integración en esa población de ciertos habitantes de otros territorios. O sea, la territorialidad consustancial del estado estriba sólo en que un subconjunto del cúmulo de habitantes afincados en el territorio durante muchas generaciones constituyen la población de ese territorio (el pueblo) y están organizados de tal manera que la dirección de esa organización tiene poder (ejerce soberanía) sobre todo el territorio. Ese poder soberano es independiente de cualesquiera otros poderes y es el que manda en el territorio:

  1. prescribiendo lo que han de hacer los habitantes del mismo (y siendo en general obedecido);

  2. asegurando un cierto orden público;

  3. ordenando, según ciertas pautas, los espacios comunes; y

  4. facilitando una administración pública y unos servicios públicos, por modestos que sean (al menos policía, ordenación vial, limpieza y protección de la vía pública).

Esas pautas son mínimas. Se cifran en unos requerimientos de eficiencia, independencia y soberanía. (La soberanía no es la mera independencia, sino que es el ejercicio de un poder que manda, que se hace obedecer y que regula y administra unos elementos de vida común; si no hace nada de eso, una organización, por muy independiente que fuera, no sería estado.)

Esas pautas las cumplía incluso el estado racista surafricano del Apartheid y las cumplen las monarquías absolutas de Arabia saudí, Cuvait, Bahréin, Brunei, etc (con una salvedad que en seguida haré acerca de la independencia). Las cumple también la República Federal de Alemania. Sin embargo, con relación a esos estados hay que formular unas reservas.

En todos esos casos hay (o había) una organización independiente de la población (aunque de ella estuvieran excluidos ciertos habitantes del territorio, los indígenas, aun siendo éstos mayoritarios); en todos esos casos hay (o había) un cierto orden público impuesto por el poder soberano, que ejerce su jurisdicción territorial independiente de cualquier organización foránea y coordina una administración pública y unos servicios colectivos (mejores o peores).

En la medida en que una organización va dejando de asegurar esos mínimos, va dejando de ser estado. Pierden así la condición de poderes estatales, incluso de facto, las brutales tiranías decadentes de un Duvalier o un Mobutu, p.ej., cuando ya ni siquiera son capaces ni de hacerse respetar ni de garantizar un mínimo de orden ni de prestar un mínimo de servicios públicos, como la regulación mercantil y vial.

Ahora bien, he puesto ejemplos particularmente espinosos porque la concepción moderna del estado está evolucionando desde ese umbral mínimo a una visión más fuerte, en la que se da estado, propiamente dicho, cuando:

  1. la población políticamente organizada en él abarca a todos los habitantes afincados en el territorio durante generaciones y, salvo casos determinados, sólo a ellos;

  2. cada uno de los integrantes adultos de esa población posee, en tal organización, alguna manera de influir (aunque sea muy indirectamente) en las decisiones políticas;

  3. el gobierno (la dirección de esa organización política) ofrece un nivel relativamente elevado de ordenación pública, de administración y de servicios eficientes.

Las petromonarquías de Arabia no cumplen esos requisitos (así el Cuvait falocrático y feudal ha dejado privada de nacionalidad a la gran mayoría de los habitantes del territorio para acabar expulsándolos en masa). Ni los cumplía la Suráfrica racista. Y el actual estado alemán los cumple sólo hasta cierto punto, por el ilimitado derecho de integrarse en la población del territorio, con plenos derechos de nacionalidad, de los extranjeros cuyos antepasados hayan emigrado de países alemanes hace 5 ó 10 generaciones, aunque no posean ningún título jurídico para ello salvo el alejado nexo genético (la fuerza de la sangre). Sin embargo para la población alemana en su conjunto eso es puramente marginal. Aunque no suele verse con simpatía esa modulación völkisch (étnico-genética) de la población alemana según la define el ordenamiento jurídico del estado germano, eso desde luego no afecta en nada esencial a la estructura de dicho estado.

Mas ni siquiera los requisitos mínimos cumple, en cambio, el llamado `estado de la ciudad del Vaticano', implantado por Mussolini en el Pacto de Letrán de 1929, un «estado» cuyo paralelismo con el pseudoestado de Israel es sumamente relevante. No se trata ya de que su territorio sea exiguo (como lo son los de Andorra, Mónaco, Liechtenstein, San Marino, Naurú, Tuvalú, Kiribatí, Tonga y otros microestados lúdico-liliputienses) sino que aun ésos son gigantes en comparación con el Vaticano, cuya área soberana no excede unas pocas hectáreas en torno a San Pedro. Es imposible ejercer en unos metros cuadrados ningún ordenamiento con poder de mando, con súbditos que obedezcan y acaten ese mando, con un mínimo de servicios para una población. El Vaticano no ofrece nada; sus servicios (como el filatélico y la pomposa Guardia Suiza) son mero teatro (de hecho los servicios para los inquilinos de San Pedro los facilita el estado italiano: desde alcantarillado hasta recogida de basuras, orden público, alumbrado, etc).

Además, el Vaticano no tiene población: la ciudadanía vaticana se adquiere y se pierde por las funciones desempeñadas en la corte pontificia. Aun suponiendo que existiera tal población (que no la hay), ésta no está organizada en el estado vaticano. Antes bien, la soberanía de éste corresponde exclusivamente a la Santa Sede. Es la Santa Sede (o sea el Papado) quien tiene reconocida la soberanía sobre el Vaticano, no la población de ese enclave. Es la Santa Sede la que entabla relaciones diplomáticas con los estados. En suma, es la Santa Sede (no el supuesto estado vaticano) la que constituye un sujeto de derecho internacional público, porque es una organización no-territorial que se ha izado a esa subjetividad jurídico-internacional en virtud de una larga tradición y de circunstancias especiales (principalmente el haber sido efectivamente titular de la soberanía sobre el Lacio y otras regiones italianas durante muchos siglos). Hay otras organizaciones no-territoriales que también son sujetos de derecho internacional público: la Soberana orden de Malta, la ONU, la NATO, la OEA, la Cruz Roja, etc.

Pues bien, Israel no es una organización territorial de la población de una parte geográfica de la superficie terráquea, sino una entidad sui generis a medio camino entre la extraterritorialidad y la territorialidad, entre la composición por mero vínculo de sangre (u otros criterios, como los ideológicos) y la composición poblacional territorial. Y ello por varias razones.

  1. Cualquier nacional de cualquier país del mundo es un ciudadano israelí potencial con tal que sea israelita, o sea de origen hebreo sin profesar ninguna religión que no sea la mosaica; ese origen hebreo ha de estribar en que nazca de vientre israelita; y el vientre es israelita si la madre cumple esas condiciones, y así sucesivamente hacia atrás; como nadie puede comprobar quiénes fueron sus antepasados hace 14 siglos, funciona la presunción de veracidad de la tradición familiar; pero ¿de veras es así un ciudadano israelí potencial cualquier ruso, finlandés, noruego, chileno, surafricano, neozelandés o indio que procedan, por esa línea matrilinear, de emigrados de Palestina del siglo V a. C. en cuya familia nadie haya profesado religión alguna? No del todo. Hay un filtro de admisibilidad que establecen las autoridades rabínicas, que podrá aplicarse laxamente para permitir la aceptación de ateos de clara tradición familiar israelita, pero que no deja de ser de todos modos una determinación del derecho de ciudadanía según una pauta religiosa (uno de los parecidos con el Vaticano); en cualquier caso, genético-ideológica, no territorial.

  2. La organización política denominada `estado de Israel' no tiene constitución (volveré sobre eso), sino una colección de «leyes fundamentales del estado», o sea unas cuantas leyes a las que se ha impuesto esa nota de fundamentalidad para hacerlas irrevisables, inmutables y supralegales. Dos de ellas confieren un poder supraestatal en Israel a la organización sionista mundial y la unión judía internacional. Son dos asociaciones transnacionales en principio de derecho privado, pero erigidas en instancias con poder supremo sobre el estado de Israel en muchos y vitales puntos.NOTA 1_21 La realidad supera incluso lo expresamente previsto en esas leyes. El estado de Israel no es ni sería absolutamente nada sin esas organizaciones extraterritoriales y transnacionales, como el estado vaticano no es ni sería nada sin la organización extraterritorial de la sede apostólica o la iglesia católica (que son un poco lo mismo).

  3. Están excluidos de la ciudadanía israelí todos los habitantes del territorio de su soberanía (que lo sean habiéndolo sido sus padres, abuelos, bisabuelos, tatarabuelos y así por miles de años) salvo si son hebreo-israelitas («judíos») o, siendo árabes, no pueden demostrar que no huyeron en 1947-48; también están excluidos los habitantes autóctonos de las zonas ocupadas por el ejército israelí desde la guerra de 1967 (o sea lo que convencionalmente se llama `Cisjordania y Gaza', una quinta parte del territorio palestino del mandato británico).

Además de eso, el ordenamiento jurídico israelí llega al extremo de que prohíbe matrimonios entre judíos y no-judíos. La discriminación genético-religiosa afecta a los derechos de propiedad, los derechos cívico-militares e incluso el derecho conyugal, como hemos visto.NOTA 1_22

Eso, de nuevo, pone de manifiesto que la organización política en cuestión no es la de una población territorialmente definida (aunque fuera con limitaciones y desbordamientos marginales), sino que es una organización étnico-genética extraterritorial, lo cual presenta características enteramente diferentes de las del estado; y más de las del estado moderno. (Podrían verse similitudes en tiempos pretéritos: p.ej. los reinos bárbaros de los burgondios, los hunos, los godos o los viquingos, y muchos otros; pero el moderno concepto de estado se ha ido levantando y estructurando durante siglos, si no milenios, en oposición a esa extraterritorialidad.)


§03.-- ¿Son lo mismo el pueblo israelí y el pueblo judío?

El pueblo israelí no existe todavía. Un pueblo es la población de un territorio demarcado por unas fronteras y constituido, o en vías de constituirse, o con perspectivas razonables de constituirse, aunque sea a largo plazo, en un estado independiente. En ese sentido no existe el pueblo de París. Si se quiere usar la palabra `pueblo' para que quepa hablar del pueblo madrileño y del rosellonés, entonces diremos que es un pueblo la población de un territorio con las características recién indicadas o de una parte del mismo.

Eso no exige que todos los miembros de un pueblo estén viviendo en ese territorio. No dejan de formar parte del pueblo español los españoles que viajan por el extranjero, ni siquiera los emigrantes. Ya va siendo menor el grado de pertenencia al pueblo español de nietos de emigrantes españoles si no han mantenido vínculos con España, salvo tal vez cuando viven en países de habla y tradición españolas (eso ya es un vínculo político-cultural sumamente importante).

Tampoco exige que todos los habitantes del territorio formen parte del pueblo. Sin embargo, cuantas más restricciones haya a la incorporación de los inmigrantes al pueblo, y cuanto más masiva y significativa sea esa exclusión, más se empieza a parecer el estado a un no-estado (a un ente político extraterritorial, étnico) y, así, paradójicamente, van bajando los grados en los que cabe válidamente hablar ahí de un pueblo (salvo en sentidos históricamente superados en los que un pueblo era una estirpe, una raza: el pueblo visigodo, p.ej.).

La noción de un pueblo remite a la de un estado que existe o al menos puede razonablemente llegar a existir con títulos de legitimidad estatal y una base territorial. Hemos visto que la entidad política denominada `estado de Israel' no es lo que ostenta su nombre. Por ello no cabe hablar de un pueblo de ese estado o de un pueblo israelí.

Sin embargo, las cosas humanas son generalmente asuntos de grado. A pesar de sus bárbaras leyes fundamentalistas rabínicas, esa entidad política sui generis que se llama `estado de Israel' tiende, al estar de hecho afincada en Palestina, a convertirse en una entidad territorial, y la masa mayoritaria de sus habitantes tiende a formar una población de esa peculiar organización política en vías de territorialización. De momento es sólo un proceso incipiente, pero que puede, de mantenerse 4 ó 5 siglos, llegar a cuajar o fraguar en un estado de Israel y un pueblo israelí. Hoy por hoy estamos apenas en los atisbos de eso, cuando la gran mayoría de las personas que ostentan ciudadanía israelí vienen de los cuatro puntos cardinales (aunque las más veces de Europa o de regiones de poblamiento europeo) y no están afincadas en Palestina sino desde hace 2 ó 3 generaciones (muchas veces menos y en los casos mejores 4 ó 5), al paso que la población árabe palestina es la única que lleva viviendo en ese país desde hace miles de años y ha sido masacrada o expulsada por la fuerza.

Si el pueblo israelí todavía no existe, no hay nada que sea el pueblo judío (o, si se quiere, pueblo hebreo o pueblo israelita). Hubo un pueblo hebreo en una remota antigüedad, aunque las noticias sobre esa tribu son más legendarias que históricas. Hubo en Palestina una población dominada por esa etnia hebrea y que asimiló un momento como lengua el hebreo (ya hablaban otros dialectos de la lengua semita, como han seguido haciendo después). Los descendientes reales o imaginarios de los emigrantes de la diáspora israelita esparcidos por todo el mundo no forman un pueblo en ningún sentido políticamente relevante de la palabra. A menos que se quiera hablar del pueblo católico, el pueblo mormón, o atribuir esa categoría de pueblo al cúmulo de los descendientes de Hernán Cortés o de San Luis Rey de Francia (el pueblo borbónico).

Desde luego cada quien es muy dueño de usar las palabras como le dé la gana; pero sólo en un sentido aproximadamente igual a lo que acabo de indicar (tal vez mejor formulado, más atinadamente dilucidado, menos impreciso) cabe válidamente usar la palabra `pueblo' en el sentido jurídico-político, en un sentido relevante o pertinente para las decisiones políticas y las relaciones interestatales, para las relaciones entre los pueblos. Sólo en ese sentido cabe hablar (como lo hace la Carta africana de los derechos de los hombres y de los pueblos) de derechos de los pueblos; sólo en ese sentido pueden entenderse las resoluciones de la asamblea general de la ONU sobre las relaciones entre los pueblos y sus derechos. Nunca como aplicables a colecciones heteróclitas de individuos humanos que no compartan ni territorio ni vida económica ni lengua ni cultura (salvo ideas religiosas o una cierta cultura y tradición familiares guardadas como deterioradas reliquias de generación en generación, tal vez inventadas en alguno de los fenecidos eslabones que ya no podemos reconstruir).

Un sefardí marroquí de habla árabe, cuyos abuelos, tatarabuelos y así sucesivamente han venido hablando árabe pero que emigraron de España al ser expulsados por los Reyes Católicos; un ruso de Moscú, ateo desde hace 4 generaciones y que sólo conoce idiomas eslavos, pero cuyos antepasados eran de fe mosaica; un estadounidense oriundo de Alemania que también ha conservado en la alacena los testimonios de la fe abrahámica de sus antepasados; un etíope de una tribu convertida hace siglos a esa misma fe por algún predicador israelita (que por una vez venció la inapetencia al proselitismo tan arraigada en esa tradición religiosa); ¿qué tienen en común? ¿Qué hace de ellos un pueblo? Realmente nada, salvo en lo imaginal. Ciertamente lo imaginal es una faceta de lo real. Nuestra vida real comporta aspectos de imaginación y se ve modificada, moldeada, reconducida por las fantasías. Mas eso es así sólo hasta cierto punto y dentro de unos límites.

Las personas con un mismo apellido en el planeta no forman un pueblo. No existe el pueblo Fernández (o Fernandes) que agrupe indistintamente a cingaleses, indonesios, portugueses, canadienses; el único pueblo que los agrupa es el pueblo humano, el pueblo terráqueo. Sin embargo, supongamos que cunde la moda de fantasear sobre el pueblo Fernández y que a muchos se les antoja que forman un pueblo especial, una comunidad de sangre Fernández, una hermandad no organizada pero llamada a aunarse. Esa fantasía en principio no pasaría de ser eso, un frívolo pasatiempo; pero, claro, en la medida en que arraigara y se tomara en serio, sería una faceta de la vida real. Felizmente se acabaría disipando al cabo de un tiempo para dar paso a otras modas menos absurdas.

No muy lejos de eso está el cuento del pueblo hebreo o israelita o judío (eso último peor, ya que es aún más difícil de establecer el nexo en particular con la legendaria tribu de Judá).

Si no hay una comunidad humana (todavía) que sea el pueblo israelí ni hay (salvo en lo imaginal) una comunidad que sea el pueblo judío o hebreo o israelita, es obvio que no pueden ser lo mismo. El Santo Graal no es lo mismo que el dragón matado por San Jorge.

Mas, por otro lado, y ya dejando de lado la calificación de `pueblo', está claro que son agrupaciones humanas muy diversas. La israelí es la de las personas que, mayoritariamente, habitan el territorio hoy formalmente proclamado por el gobierno de Jerusalén como israelí y que poseen nacionalidad israelí; la pertenencia a esa colectividad ciudadana de los llamados `israelitas de la diáspora' es sólo potencial; no se hace efectiva más que cuando posan el pie en el territorio de Palestina. Mal que bien, esa comunidad tiene un algo de demarcación territorial, y la quinta parte de ella es árabe-israelí (o sea, es la minoría árabe-palestina que, fruto del azar o las circunstancias, no fue matada ni expulsada en el momento en que la hueste sionista bajó las rejas tras las feroces expulsiones masivas de las poblaciones locales).

Por otro lado, la comunidad (si es que cabe incluso hablar de comunidad) de los israelitas o hebreos o mosaicos esparcidos por el mundo no tiene otro vínculo con esa tierra palestina más que el hecho de que en la leyenda familiar se habla de un antepasado venido de allí hace 2.000 años y que ha legado sus creencias religiosas, fiel o infielmente seguidas (y a menudo polvorientas en el desván y a la espera de que algún mozalbete se entusiasme con ellas y vuelva a la fe de 6 ó 7 generaciones atrás).

¿No tienen nada que ver ambas colectividades humanas? Sí, tienen mucho que ver, la entidad política denominada `estado de Israel' está supeditada a varias de las organizaciones privadas que se erigen en representantes de esa vaga colectividad transnacional mosaica; y otorga el derecho de «retorno» (adquisición automática de ciudadanía israelí) a todos ellos.

Por otro lado, y a diferencia del estado de opinión antes de 1947, la mayoría de los medios de opinión y de los círculos influyentes que hablan en nombre de esa comunidad mosaica son fervorosos e incondicionales adeptos del estado de Israel y de todas sus políticas, aun las más crueles. No porque eso se lleve en la sangre, ni sea inherente a la cultura hebrea (en la medida en que haya tal), sino por un mecanismo que lleva a quienes se han sentido humillados o postergados o tratados con condescendencia a hincharse de orgullo por los éxitos y las viriles proezas de uno que puede figurar como «de ellos»; un mecanismo que ha jugado y jugará siempre en muchos enfrentamientos humanos; que juega en lo pequeño y en lo grande, generalmente para mal y a veces para bien.

En cualquier caso, no hay (como a menudo se dice, sin fundamento) un pueblo que haya sido víctima de las barbaries y masacres nazis y que ahora practique barbaries y masacres contra el pueblo palestino o deje que sus gobernantes y su ejército las practiquen. ¿Cuál pueblo?

En primer lugar, porque nadie hay que, habiendo sido masacrado por los alemanes, masacre hoy a otros. Podrán hacerlo sus allegados, personas emparentadas, mas no las mismas. Las barbaries de la Alemania nazi tuvieron como víctimas a muchísimas personas y familias de diversa condición social (pero en su mayoría pobres), de diferentes nacionalidades y creencias. En qué medida puedan considerarse víctimas los que no fueron masacrados ni internados en campos de concentración es un asunto complejo. Sin duda pueden serlo sus hijos, hermanos, y otros parientes cercanos. Ya es más dudoso el caso de primos cuartos o de primos de primos de primos de primos.

Tampoco parece razonable que cualquier correligionario en cualquier lugar del mundo sea considerado una víctima. En cuanto a la vaga y etérea colectividad de origen hebraico definida en parte con criterios genéticos, en parte con criterios de práctica religiosa, ya no está nada claro que esa colectividad difusa sea una persona jurídica internacional victimizada (y por lo tanto indemnizable). Mas, séalo o no, a pesar de la subordinación jurídica del pseudoestado de Israel a las organizaciones internacionales supuestamente representativas de esa comunidad, ésta no es el pueblo israelí. En la (hoy todavía escasa) medida en que éste exista, es la población del territorio donde se asienta ese estado, y esa población no existía en 1945 ni fue víctima de ninguna barbarie alemana ni otra cuando no existía. Individualmente puede haber hombres y mujeres que hayan sido víctimas de la barbarie alemana y que hayan emigrado luego a Palestina y formen parte hoy (ellos o sus hijos o nietos) de la población israelí. Por numerosos que sean tales casos, no determinan una mismidad o identidad entre la población israelí y la diáspora hebrea de Europa de hace 60 años.


§04.-- Israel ¿estado para el pueblo judío?

Haya o no haya un pueblo israelí, y haya o no haya un pueblo judío (o sea, valga o no valga el vocablo `pueblo' aplicado a la vaga y difusa comunidad humana de personas de origen hebreo o de confesión israelita) lo seguro es que lo que es injusto es reclamar --como a veces hacen los amigos de Israel-- la existencia de un estado para el pueblo judío. No puede haber ningún estado para nadie. Los estados son de sus pueblos, de las poblaciones que los habitan. No son para individuos ni para grupos. Ni siquiera parece tener ningún sentido decir que son para sus pueblos (salvo como eslogan nacionalista: `España para los españoles', `Etiopía para los etíopes'; lo cual será, bajo una interpretación, correcto sólo hasta cierto punto, porque cada territorio del Planeta es para la humanidad entera).

En otra época sí se pensaba que los estados eran para sus titulares, los soberanos: el reino de Cerdeña para la casa de Saboya, el ducado de Brandeburgo para los Hohenzollern y así sucesivamente. Los monarcas tenían derecho a tener súbditos, de suerte que cuando uno era, por rivalidades, destronado en un estado, tenía derecho a que se le adjudicara otro, para él y sus sucesores.

No parece tener sentido alguno el democratizar esa relación de ser-para y atribuir ahora el destino a un pueblo.

Pero, sobre todo, desde hace miles de años toda porción habitable del planeta está habitada (y aun las inhabitables, como la Antártida, están reivindicadas en cuanto a su soberanía territorial). Si una población dispersa por el planeta tuviera derecho a un territorio, o bien tendría derecho a un territorio determinado, o bien a uno indeterminado. Si fuera indeterminado, no tendría derecho a ningún territorio en particular, sino a que hubiera algún territorio suyo. Mas nada puede fundar tal pretensión, tal supuesto derecho imposible de ejercer o satisfacer, porque sólo puede satisfacerse despojando de lo suyo a la población de algún territorio en particular. Ni tampoco puede tratarse de un territorio determinado, cuando éste ya está habitado por una población establecida allí desde hace siglos (o milenios).

Luego las poblaciones diseminadas y dispersas no tienen derecho a ningún territorio. Cada individuo miembro de una de tales poblaciones tiene derecho a participar en la posesión colectiva del territorio de la población territorial a la que pertenezca. (Así un israelita francés, a la de Francia; uno argentino, a la de Argentina; uno indio, a la de la India; uno español, a la de España). No hay judío que no tenga derecho a un territorio; mas no hay territorio alguno al que tengan derecho (todos) los judíos. Tienen derecho a (participar en la colectiva posesión de) todos los territorios que habitan; no tienen derecho a habitar todos territorio alguno.

Eso que vale de los judíos vale de los adventistas del séptimo día, de los budistas-zen, de los Fernández, de los historiadores, de los zapateros, de los titiriteros, de los esperantistas, de los lectores de Shakespeare, de los químicos. Por mucho que se pusieran de acuerdo los químicos del planeta para reclamar un estado de químicos, por mucho que proclamaran conculcados sus derechos y no atendidas sus justas demandas de mayor asignación en sus respectivos países y juzgaran que sólo un estado de y para químicos podría satisfacerlos (y quien dice los químicos dice cualquier otro grupo disperso que tenga algo en común, al menos un cierto aire de familia), por mucho que se insistiera en eso, la reivindicación sería injusta, opuesta al derecho internacional. Porque sólo se les podría dar un territorio despojando de él a sus legítimos habitantes radicados allí desde hace cientos o miles de años.

Pero es que, si suponemos que es justa la demanda de que haya un estado, un territorio estatal, para el pueblo judío, entonces ¿cuál? ¿Por qué Palestina? ¿Porque ya se han instalado allí algunos judíos? En realidad los han implantado por la fuerza las potencias colonialistas europeas y los ha afianzado el imperialismo yanqui. Trátase de una implantación recientísima (menos de un siglo, lo cual, para los tiempos históricos, no es casi nada), dando lugar esa implantación forzosa a las atrocidades, masacres, exterminios de la población autóctona palestina que siguen y llevan trazas de seguir, o sea un holocausto. Quienes creen que ha de haber un estado para el pueblo judío nos deben la propuesta de alternativas que atenúen ese dolor y que ofrezcan a las personas de esa vaga comunidad dispersa otra ubicación: el cantón de Ginebra, p.ej., o Baviera, o Normandía, o Escocia, o el estado de Alabama.

Además, si una población dispersa tiene derecho a un estado, ¿será a uno solo o a dos o a tres o a cuatro? Si hay razones que avalen esa atribución territorial, ¿por qué ha de ser única? Al fin y al cabo fue Stalin el primero que creó en la Unión Soviética un estado para el pueblo judío, el Oblast autónomo de Birobiyán, tierra que se suponía poco habitada; no era un estado independiente, pero sí autónomo dentro de la Unión de las repúblicas socialistas soviéticas. No entra en los límites de este artículo debatir acerca de lo acertado o desacertado, justo o injusto de aquella medida (que desde luego no forzaba a los judíos soviéticos a emigrar a ese Oblast o territorio autónomo, sino que sólo se lo permitía y facilitaba, sin desalojar a sus habitantes).NOTA 1_23 Lo único que señalo es que al menos (en la época en que la URSS combatía el sionismo como instrumento divisionista y racista de la burguesía y como la otra cara de la medalla antisemita) se ofreció una posibilidad, una alternativa, que en cambio no han imitado nunca los fervorosos adeptos del derecho a «un estado para el pueblo judío». Ninguno de ellos ha ofrecido nada. Ninguno de ellos ha pedido que ponga de su parte su propia nación donando una porción de su propio territorio nacional para satisfacer esa demanda o esa reclamación territorial.

Ni tiene tampoco base jurídica alegar que lo que ha de ser para el pueblo judío es, no algún territorio, algún estado en general, sino el de Palestina en particular porque de allí emigraron los originadores de la diáspora israelita hace dos mil años (en algunos casos, puede que haga más bien cerca de 2.500 años). Si ese argumento valiera, valdría para una infinidad de reclamaciones que harían del planeta un infierno y plasmarían la guerra de todos contra todos que evocara Hobbes. Aparte de que habría que ofrecer un criterio determinable y plausible para fijar el momento de la historia al que habría que retrotraerse: si es el año 0, o el 1, de la era cristiana (debiendo recomponerse el Imperio Romano), o es el 750 (España para los árabes), o el -500.

O tal vez puede decirse que nada de todo eso vale como principio, pero sí en el caso concreto israelí-israelita, por un algo único, irrepetible, inanalizable, indilucidable, inescrutable, inexplicable, algo especial, algo que se intuiría, se captaría emocionalmente y no se dejaría expresar en palabras. Comprendo que cosas así las digan los adeptos de una posición injusta, irracional y jurídicamente indefendible, o personas obcecadas y ciegas para la argumentación racional. Pero, de valer tales posiciones, hay que darse cuenta de que así cada uno justificaría cualquier aberración con la que se encariñase, por dolorosas que fueran sus consecuencias para la humanidad.


§05.-- ¿Hay que resignarse a los hechos consumados?

A quienes argumentamos según las líneas de los apartados precedentes de este artículo se nos contesta que todo eso es historia; que hoy, guste o no guste, originariamente legítimo o no, existe el estado de Israel como una realidad, con un pueblo israelí que lo habita; y que es siempre forzoso inclinarse ante hechos históricamente consumados e irremediables.

Es más, se dice: si valen los argumentos en contra de la legitimidad de la implantación del «hogar nacional judío» en Palestina por el colonialismo inglés, igualmente valen hoy otros similares, o idénticos, para justificar la continuación del estado judío ya establecido y consolidado, que lleva ahí varias generaciones.

Contesto lo que sigue. Como lo voy a señalar más abajo (aunque es una consideración importante que a los no versados en derecho les suele producir extrañeza), efectivamente, hasta cierto punto, el derecho ha de inclinarse ante los hechos. Y es que no se ha hecho el hombre para el derecho, sino el derecho para el hombre. De suerte que, cuando el derecho colisiona con realidades fortísimas, que han echado profundas raíces, y cuya remoción provocaría graves daños y sufrimientos, es el propio derecho el que se autolimita y se impone un principio de reconocimiento jurídico a posteriori de los hechos consumados irreparables, por injustos que hayan sido.

Mas esa autolimitación del derecho ha de ser ella misma estrictamente limitada, so pena de que el derecho sea una burla, una estéril mofa, un juego para rociar de agua bendita jurídica a cualquier fechoría y cualquier atropello.

Lo primero, y más importante aquí, es percatarse de que no son comparables los períodos considerados: uno, a favor de Israel, de 2, 3 ó 4 generaciones (a todo tirar, aunque en rigor van a lo sumo dos en una situación de dominio pleno del territorio); otro, a favor de la población autóctona (los árabes palestinos, cristianos y mahometanos), de muchos cientos de generaciones.

En segundo lugar, de tener que inclinarnos ante hechos consumados, todavía podemos discutir y aquilatar los términos exactos de esa inclinación y las indemnizaciones a que tienen derecho las víctimas.

Mientras no se reconozcan hechos como los analizados en este artículo, se seguirán justificando: el despojo masivo de la población autóctona; el sojuzgamiento de la misma; las masacres del sionismo --que siguen hoy, en 2002, como la reciente de Yenín, que no es nada nuevo, sino la prolongación de la política ininterrumpida de Israel desde 1948 para acá--; y, así, la permanente política de Israel de empujar a la población autóctona a huir en masa a otros países árabes para dejar todo el territorio palestino a la colonización hebrea (una política inaugurada por Inglaterra, al adueñarse de Palestina en 1919, y continuada hasta hoy por aquellos que Inglaterra llevó e impuso allí y a quienes legó el poder de facto aunque no de iure).

O sea, sin prejuzgar todavía acerca de cuál haya de ser la posición razonable, justa y equilibrada para poner fin a ese doloroso conflicto, lo primero que hace falta es un análisis histórico y jurídico objetivo y crudo, que no edulcore las cosas para hacerlas más agradables a los oídos de los sionistas y de sus amigos europeos y americanos.

Habrá que acatar o no los hechos consumados. Unas veces sí y otras no. Unas veces más, otras menos. Depende. Depende de las circunstancias, de la correlación de fuerzas, de las posibilidades alternativas, y por encima de todo de la necesidad de buscar siempre la solución menos dolorosa, la que minimice el sufrimiento humano. Mas, antes de hacerlo, hay que aclararlo todo y deslindar lo que conviene hacer --por razones de conveniencia política, de apaciguamiento, de caridad humana-- de lo que es justo hacer o reclamar. Mientras no se demuestre lo contrario, al pueblo autóctono de Palestina le es justo reclamar el territorio palestino.


§06.-- El principio de usucapión

¿Cómo se adquiere legítimamente la propiedad? Hay formas de adquisición originarias y derivadas. El que halla un tesoro oculto en su propio campo adquiere la propiedad del mismo por hallazgo. Mas normalmente hoy todo lo que pasa a la propiedad de alguien ha sido antes de otro dueño. Uno de los modos lícitos de adquirir la propiedad es lo que los jurisconsultos romanos llamaban la `usucapión', y que el código civil español llama la `prescripción adquisitiva'.

Todos estamos familiarizados con la idea de la prescripción: ciertos derechos caducan o prescriben al cabo de un tiempo. En estricto rigor, caducación y prescripción no son iguales, porque se dice que prescribe un derecho (o un deber) sólo cuando, durante un lapso prolongado, no ha mediado disputa o reclamación al respecto, mientras que la caducación se produce aun en medio de disputas y pleitos.

Sin embargo, medularmente se trata casi de lo mismo. Como el derecho se hace para el hombre y no al revés --como ha de someterse a las necesidades de la sociedad humana, y en primer lugar de la paz social, sin la que no hay convivencia ni por lo tanto vida social o común--, ha de poner unos límites temporales a las reclamaciones jurídicas para que no se pueda poner constantemente todo patas arriba, para que reine un cierto grado de seguridad jurídica. Así, si en un viaje a Ud se le ha extraviado una maleta, tiene un plazo para reclamarla; pasado el plazo, prescriben sus derechos a recuperar esas pertenencias, a las que la autoridad habrá dado algún destino. Igualmente cada afectado puede reclamar en cierto plazo contra la resolución de un concurso; si no lo hace en ese término, caduca su derecho y la resolución pasa a ser inatacable.

La prescripción adquisitiva es una modalidad particular de ese instituto general de la caducidad o prescripción. Supongamos que alguien ha suscrito un contrato de compra de una finca; el vendedor exhibió documentos o testimonios que indicaban que era el dueño; el comprador toma posesión del predio. Pasan 30 años y se presentan personas que reclaman la finca por haberla heredado de su abuelo, que era --dicen-- el verdadero dueño; presentan otros documentos a cuyo tenor su abuelo tenía mejor derecho y sólo por concesión precaria permitía usar la finca al entre tanto fenecido vendedor.

Es uno de los típicos e innumerables enredos que tiene que solventar, mal que bien, el derecho; el cual ante casos así, y desde tiempo inmemorial, opta por consagrar los hechos consumados, con ciertas limitaciones. Los actuales ocupantes de la finca vendrán reconocidos como los genuinos dueños de la misma por prescripción adquisitiva o usucapión, o sea: por haber prescrito (o caducado, si se quiere) el derecho de reclamarla de quienes pudieran alegar mejores títulos.

Desde la época del derecho romano y seguramente desde mucho antes, se entroniza así jurídicamente ese instituto de la adquisición de una propiedad por una ocupación continuada e indisputada de un bien al cabo de un tiempo y originada por un acto jurídico de buena fe y con apariencia de legalidad. Mas en el derecho romano existe también la usucapión de larguísimo tiempo: al cabo de 40 años, se consagra la prescripción adquisitiva incluso si el arranque no fuera ningún título jurídico así, ni de buena fe ni pacífico ni con apariencia de validez legal. Hasta un ladrón se hace dueño legítimo del bien robado al cabo de un número de años, incluso si han mediado pleitos. A nadie se puede despojar de lo que tiene y que ha recibido de sus tatarabuelos, aunque éstos lo robaran. El derecho mira más al futuro que al pasado. Trata más de preparar una venidera convivencia pacífica que de reparar los daños pasados --salvo en casos en que sigue habiendo motivos imperativos de justicia para reclamar una compensación o indemnización a las víctimas.

Pues bien, ¿se reconoce en el derecho internacional la usucapión territorial como modo legítimo de adquisición de territorios? Es curioso que algunos tratadistas pasen como de puntillas sobre el asunto. Hay miedo a reconocer la usucapión, porque sería un semillero de futuras agresiones. Si sabemos que al cabo de equis tiempo se pondrá el sello de validez jurídico-internacional a lo que en su origen fue un acto de agresión o de conquista, ¿no volvemos al viejo derecho de conquista de las monarquías del antiguo régimen?

Sobre la base de tales consideraciones, Roger Garaudy (con quien, en estas cuestiones, tanto suele concordar el autor de estas líneas) ha recordado la frase de Pascal: no pudiendo lograr que lo justo fuera fuerte, se ha querido hacer que lo fuerte fuera justo, o sea: se ha uncido con los santos óleos de la justicia a lo que era una injusta imposición de fuerza bruta. Así, según ese punto de vista, aunque pasen años y años Israel es y seguirá siendo un oprobio, un insulto a la equidad y la justicia, un hecho injusto y no reconocible jurídicamente.NOTA 1_24

No estoy de acuerdo con ese punto de vista, porque entonces, y por las mismas, los actuales australianos no tendrían derecho al territorio australiano, ni los actuales húngaros al territorio magiar (la Panonia), ni los ingleses a Inglaterra (la Bretaña romana conquistada por las tribus anglosajonas), y así sucesivamente. No, no podemos llevar eso a su extremo. Es verdad que, habiendo sido en la historia injusta o violenta la delimitación de fronteras y el establecimiento de poblaciones, ningún derecho territorial es absoluto; por encima de todo está el bien de la humanidad, que pasa por encima de intereses egoístas de los dueños colectivos de cada territorio particular. Mas ese límite al derecho colectivo a un territorio tiene también sus límites. No poseen igual título a la colectiva propiedad del territorio helvético los suizos y los sicilianos. Los del lugar tienen primacía. Y los del lugar son los allí afincados durante generaciones y generaciones, los que lo habitan desde tiempo inmemorial.

Siendo eso asunto de grado (como casi todo), no tienen el mismo título legítimo los australianos o los norteamericanos a sus respectivos territorios (afincados allí desde hace pocos siglos) que los griegos al suyo, al que arribaron hace más de 3.000 años (habiendo seguido allí todo ese tiempo).

Aunque no se quiera, hay que acabar admitiendo que el paso del tiempo entroniza jurídicamente las situaciones de hecho; que las conquistas pasan a ser hechos jurídicamente inatacables al cabo de siglos. Nadie tiene derecho a echar a los húngaros de Hungría o a los búlgaros de Bulgaria, aunque su llegada allí (por conquista, claro) fue en tiempos relativamente recientes (hace entre 10 y 15 siglos). Los gitanos no tienen derecho a reclamar ninguna parte del territorio de la India o del Paquistán, aunque de allí salieran las migraciones que han desembocado en la actual comunidad romaní.

Mas, admitido que el transcurso del tiempo consagra jurídicamente una situación de hecho aun inicialmente violenta e injusta, ¿de cuánto tiempo estamos hablando? Mientras que en el derecho civil se establecen plazos precisos, en el derecho internacional --cuando se reconoce ese valor curativo o sanativo del transcurso temporal-- no se fija plazo alguno. Todos están de acuerdo en que el transcurso de medio milenio o más (de ocupación de un territorio por una población) es un plazo suficiente para la plena adquisición territorial legítima. (Así los árabes expulsados de España por los Reyes Católicos tenían la legítima posesión territorial del reino de Granada, donde estaban radicados desde hacía ocho siglos.)

También están todos de acuerdo en que el transcurso de unos meses o unos pocos años no otorga a la población o al ejército ocupantes ningún derecho al territorio, si la adquisición ha sido violenta y a expensas de la población autóctona.

Pero, ¿qué pasa en los plazos intermedios? Nadie lo sabe. El derecho no tiene respuesta, porque no ha fijado (ni, dada la índole del asunto, puede fijar) plazo preciso alguno.

Desde luego en 1948 el pseudoestado de Israel era totalmente ilegítimo, hechura del colonialismo inglés, impuesto a viva fuerza contra la población autóctona, mediante masacres y limpieza étnica. Siguiendo las cosas como hasta ahora, seguramente en 2048, o en 2148, o en 2248 o en 2348 habrá un estado legítimo de Israel allí (si es que entre tanto los estados no se han integrado en una sola República planetaria, como es de esperar que suceda).

¿Y hoy, en este año 2002? Hoy estamos en transición de lo de 1948 a lo de 2048, en un grado intermedio. La consolidación paulatina de situaciones de hecho, empezadas por la violencia y seguidas por la violencia, ya va comenzando a asentar, pese a esa violencia, un atisbo de legitimidad estatal, en la medida en que ya se va viendo que es un hecho históricamente irreversible (como lo fue en su día el exterminio de los pieles rojas y la colonización blanca de Norteamérica, o tantas otras imposiciones demográfico-territoriales fruto de las guerras). Mas todavía sólo un pequeño grado. ¿Cuál? ¿5 %? ¿17,2 %? ¿44 %? La verdad es que no tenemos ningún criterio hoy para poder responder con verosimilitud. Muchos dirán que lo que se da es una situación de indeterminación, no de graduación, porque, si hay grados, éstos serán concretos, y si son concretos alguien los tendría que poder conocer. O dirán que hay un grado intermedio sin magnitud, un tampón esponjoso entre el pasado no (no ser legítimo el estado de Israel) y el futuro sí (sí serlo).

Pero eso no puede ser verdad. No puede serlo porque a lo largo del extenso proceso histórico que va de la ilegitimidad a la legitimidad se va pasando paulatinamente de aquélla a ésta; y, siendo así, una diferencia de un lustro cuenta. Hoy no es igual que hace cinco años; hace cinco años no era igual que hace 10 años. Ni es hoy igual que en 2007. Si hay diferencia de un lustro a otro, ¿en qué la hay sino en que la ilegitimidad de hoy es menor que la de ayer y la legitimidad mayor? Y ¿cómo sería eso posible si no hubiera una multiplicidad de escalones (grados) intermedios, no una sola zona única e indiscriminada, homogéneamente gris, entre el negro y el blanco? Por otro lado, si cuenta el paso de un lustro, ¿no contará el paso de un año, el de un mes, el de un día? Luego la multiplicidad de grados intermedios ha de ser elevada (posiblemente infinita).

Todo eso no nos suministra ningún criterio claro para solventar el conflicto de Palestina sobre una base única y exclusivamente jurídica. En 1948 sí la había: Israel era fruto de una violenta y cruel usurpación, un fruto recién impuesto sobre y contra la inmensa mayoría de la población del territorio, del que la estaban despojando el imperialismo y el colonialismo (con la ayuda de quienes se dejaron embaucar o argumentaron equivocadamente). Hoy eso ya no puede verse simplemente así. No estamos en 1948. Han nacido ya allí muchas personas a las que se ha dado el título (todo lo jurídicamente problemático que sea) de `ciudadanos del estado de Israel'. En ese sentido, Israel es ya una realidad (injusta, violenta) que poco a poco está pasando a adquirir la validez jurídica que siempre acaban adquiriendo los hechos consumados, por injustos y oprobiosos que sean en un principio.

Son tales consideraciones, más la correlación actual de fuerzas y la situación política internacional, las que llevaron a la acertada política pacífica y conciliadora de la organización para la liberación de Palestina y del Presidente Yasir Arafat: renunciar a todo el territorio palestino perdido en 1947-49 (casi las cuatro quintas partes de Palestina) y contentarse con el minúsculo territorio de Cisjordania-Gaza (1/5 de Palestina), a cambio de la paz y del derecho al retorno de los refugiados palestinos. Borrón y cuenta nueva. A partir de ahí, surgirían dos estados: un estado de Israel de y para la población de Israel (sin discriminación racial ni religiosa) y un microestado de Palestina para la población autóctona (también sin discriminación racial ni religiosa e incluso acogiendo en su seno las colonias impuestas manu militari por la ocupación israelí que se prolonga desde 1967).

Era un programa justo, un equilibrado pacto entre lo justo y lo posible, porque lo justo no es justo que se imponga cueste lo que costare. No vale lo de fiat iustitia, pereat mundus (¡Hágase la justicia y perezca el mundo!).

Es más, el acuerdo de Oslo,NOTA 1_25 siendo como era una dolorosa renuncia a una reivindicación justa de la población palestina a Palestina, era lo mejor a que se podía llegar, lo que abría un camino de paz, de reconciliación; y en definitiva lo único que podía sentar las bases de legitimidad de Israel (antes de que el transcurso de 5, 6 ó 7 siglos de hechos consumados acaben haciendo justo a lo fuerte). Esa base, ese título, era la donación. Al llegarse al acuerdo de paz, al ser reconocido un estado palestino independiente en lo poco que se les dejaba ya, los palestinos renunciaban al resto, al 80% de su territorio, y lo donaban a Israel.

La mera donación o cesión (que es un título válido de adquisición cuando no median coacción ni dolo) no sería título suficiente en este caso de no concurrir circunstancias sanatorias que, en aras de la paz, llevarían a ignorar la brutal violencia con la que se imponía el desigual acuerdo. Un acuerdo injusto, oprobioso y desigual vale más que una guerra que se eterniza. La paz es el bien mayor, y la guerra es el peor mal (aunque haya excepcionales circunstancias en que la conjunción de otros males sea peor incluso que la guerra).

Para que esa legitimación a posteriori del estado de Israel se produjera en virtud de esa donación palestina (del sacrificio de la mayor parte del propio territorio nacional palestino) era menester que paulatinamente Israel se encaminara a ser un estado de verdad, no un pseudoestado constitucionalmente supeditado a organizaciones privadas extraterritoriales. Seguramente de haber prosperado la vía de la concordia (abierta por el acuerdo entre Arafat y el difunto Isaac Rabín) se habría facilitado esa evolución, al menos a largo plazo. Era menester también que Israel evolucionara hacia una sociedad civilizada moderna sin discriminación, con igualdad de sus ciudadanos ante la ley (levantamiento de la prohibición de matrimonios mixtos,NOTA 1_26 iguales derechos civiles de árabes y judíos, nada de privilegios para extranjeros por remotos vínculos genéticos o religiosos).

Y sobre todo era menester que Israel aceptara el derecho al retorno de los refugiados, porque Israel tenía que convertirse (aunque no fuera de golpe) en un estado, el estado de un pueblo, el pueblo israelí: blancos o negros, rubios o morenos, israelitas o shintoístas, de lengua hebrea o de lengua árabe); y, más que nada, porque ese derecho al retorno de los refugiados es un derecho humano absoluto, inquebrantable, un derecho fundamental que pasa por encima de los derechos de los estados. Lo que alegan los sionistas en contra de ese derecho es que la vuelta de los refugiados daría a los árabes mayoría en el propio Israel, dejando éste de ser un estado de los judíos para los judíos. Mas, en primer lugar, no sería así, porque muchos no volverían si se les ofrece una indemnización. Y, sobre todo, justamente de eso se trata: de que Israel sea un estado israelí para los israelíes, morenos o rubios, de habla árabe o de habla hebrea (no olvidemos que son lenguas estrechamente emparentadas entre sí y cuyo mutuo aprendizaje sólo requiere un pequeño esfuerzo y buena voluntad).

Israel estuvo a punto de consolidar con enorme éxito su empresa, poniendo fin al conflicto, reconociendo un estado nominal palestino (inevitablemente satelizado e instrumentalizado) en esa pequeña parte de Palestina no ocupada por el régimen de Tel Aviv hasta 1967 y admitiendo compartir Jerusalén, un derecho de retorno de los refugiados (aunque luego racanearan en los detalles, diluyendo y aguando las posibilidades de ejercicio real de tal derecho). Así se habría acelerado el proceso histórico de legitimación de Israel; a cambio, claro, Israel tenía que cambiar, tenía que evolucionar, tenía que civilizarse, tenía que ir empezando a ser un estado de su población.

Con el apoyo de la aplastante mayoría de su población hebrea, el gobierno israelí ha frustrado esa posibilidad. Ha ido empujando a los palestinos a la desesperación, a la congoja, a la rabia. Ha seguido el expolio, han seguido las colonizaciones, las humillaciones masivas. Se ha seguido rehusando, aun en principio, la vuelta a las líneas de demarcación de 1967. En definitiva, se ha seguido la política de empujar a todos los palestinos a que abandonen toda Palestina, aunque eso así no se haya dicho (sino que se ha dicho que se les permitiría un «estado viable» formado por una colección de bantustanes: un enclave de tres leguas cuadradas aquí, otro de ocho allá, etc; en realidad, los planes del gobierno israelí desmienten que incluso eso sea más que un espantajo que se aduce momentáneamente como quien ofrece casi nada o nada).

Ante la exacerbación de la política de conquista y exterminio del gobierno israelí, sí que parecen haber caducado las ofertas de los líderes palestinos. Sólo ellos, sólo el Presidente Yasir Arafat, son dueños de su política; sólo ellos tienen derecho de dar o de no dar la mayor parte de su tierra a quienes se la han robado. No tienen obligación de no darla, porque nadie tiene obligación de sacrificar su vida para salvar su propiedad. Pero tampoco nadie tendría derecho a reprocharles que, ante la marcha de las cosas, considerasen que han caducado sus ofertas y que ha prescrito (hasta un nuevo acuerdo menos inicuo) el derecho de Israel a ampararse en ese acuerdo para presentar la situación de hecho como (ya) una situación de derecho.


§07.-- ¿Israel independiente?

Los hechos prueban sobradamente que los inspiradores de la política agresiva y exterminadora del (presunto) estado hebreo son en realidad el imperialismo yanqui y la Unión Europea. Sin la gigantesca ayuda que ese pseudoestado recibe de sus amigos y socios de la alianza atlántica, el estado de Israel es inviable.

Eso es obvio por lo que respecta a los EE.UU.NOTA 1_27 Si éstos disminuyeran su ayuda, Israel no podría proseguir la misma política. Luego si hace lo que hace es, como mínimo, porque (pese a melindres ocasionales) los círculos dirigentes norteamericanos no tienen objeciones serias a lo sustancial de esa política, o, por lo menos, colocan el apoyo a Israel por encima de los desacuerdos (si es que los hubiera) con el gobierno de Jerusalén.

Mas ¿qué prueba que toda la política de Jerusalén no viene precisamente dictada por Washington? Nada lo prueba, salvo que eso no se dice ni en Washington ni en Jerusalén y se dicen cosas que parecerían implicar lo opuesto.

En realidad es dudoso que las declaraciones de los líderes estadounidenses e israelíes impliquen la negación de ese dictado. Cuando Bush pide, reclama, demanda que Israel se retire de los territorios recién reocupados lo antes posible, no dice, ni da a entender, que no haya ordenado a Jerusalén esa ocupación. Lo antes posible puede ser en cuanto se pueda sin perjudicar los propósitos de la agresión, o sea dentro de un siglo o jamás. Y, por inducción, a partir de lo que sabemos de la diplomacia secreta norteamericana, no resulta nada peregrina ni aventurada la hipótesis de que en rigor es la Casa Blanca la que dicta la política de Jerusalén.

Mas no muy distante es el caso de la unión europea.NOTA 1_28 El ministro francés de asuntos exteriores se ha opuesto a la suspensión del acuerdo de asociación de Israel con la Unión europea alegando que las experiencias de Suráfrica, Irak y Cuba, entre otras, muestran que los boicots comerciales sólo perjudican a las poblaciones y no consiguen modificar la política de los gobiernos. Es comparar lo incomparable. Es tal el despropósito de semejante ocurrencia que titubea uno antes de emprender la refutación, por lo obvio de las objeciones.

  1. En primer lugar, Cuba, Irak, Suráfrica son estados, con una población bien establecida, y que (dentro de lo limitada que es hoy la independencia de cualquier país que no sea una gran potencia e incluso de las potencias que no sean la superpotencia norteamericana) administran su territorio, tienen sus ordenamientos que pueden funcionar, mal que bien, incluso con la oposición del resto del mundo. No es tal el caso de la artificial entidad política sionista, un injerto que no podría subsistir ni un día sin el maná que derraman sobre él los imperialistas, con un territorio exiguo, con un gasto militar insostenible por la población.

  2. En segundo lugar, no se trata de boicot o no boicot, sino de la vigencia de un acuerdo de asociación que privilegia incluso a Israel con relación a los estados meridionales de la propia Unión Europea, como España, cuyos cítricos tienen menos preferencias de acceso a los mercados eurocomunitarios que los de Israel. En cambio lo que se aplica a Cuba es un boicot y al Irak un espantoso bloqueo. No se les deja comerciar libremente, ni siquiera en condiciones desfavorables.

  3. En tercer lugar, jurídicamente no se ha negado el derecho del estado cubano, el del estado surafricano, el del estado iraquí; ahora lo que está en tela de juicio es un pseudoestado conquistador carente de título de legitimidad que ni siquiera es un estado en el sentido moderno de la palabra y que lleva perpetrando un horrible genocidio desde hace decenas de años, y va a más, nada de lo cual se da en ninguno de esos otros casos.

  4. En cuarto y último lugar (teniendo aquí plena cabida el argumento ad hominem) el colonialismo francés se ha sumado al bloqueo (y hasta a la guerra) contra el pueblo iraquí; apenas en cuestiones marginales cortó un poco en los últimos años del régimen de apartheid la estrechísima colaboración económica y comercial que siempre había mantenido con la Suráfrica boer; y mantiene semicongeladas las relaciones comerciales con Cuba --torpedeando el acceso de la isla caribeña a un estatuto, no ya de asociación, sino de mera cooperación comercial con la unión europea: con relación a Cuba, sólo el mínimo de relaciones mercantiles que puedan presentarse como no-embargo.

En tales condiciones, es irrelevante y falaz invocar la inefectividad política de las decisiones sobre las relaciones comerciales, cuando lo que se pide no es ni un bloqueo de Israel ni un embargo ni nada por el estilo, sino sólo un no-apoyo económico al régimen sionista.

Todo eso prueba que Israel no es independiente. Hoy no lo es plenamente ningún estado, salvo la superpotencia mundial (la primera y única superpotencia mundial de la historia humana), los EE.UU de América. Pero hay grados. Países como Venezuela, Irak, Cuba, Corea del Norte, Irán, Zimbabue, la República Democrática del Congo, Birmania, Argelia o Liberia, prueban que aún hay algo de independencia; que, si no, no tendrían los regímenes que tienen, no siendo éstos del gusto de Washington, que ha hecho lo posible para subvertirlos y derribarlos (y que no ceja hasta salirse con la suya). Y eso que los EE.UU cuentan con el respaldo y la comprensión (a veces un poco más entusiasta, a veces un poco más reservada, en ocasiones con algún remilgo) de todos sus aliados de la NATO y el demás «entorno» de los países industrializados ricos (o menos ricos, como es el caso de España, que siendo pobre se cree rica):NOTA 1_29 Inglaterra, Francia, Alemania, Italia, el Japón, Holanda, Suecia, Suiza, Polonia, Bohemia, Dinamarca, etc.

Mas, dentro de la no-independencia, hay muchos grados. Es tanto menos independiente un estado cuanto más supeditado está a lo que se decida en Washington o Bruselas, cuanto menos capacidad tenga de decidir su propia política, cuanto más dependa ésta de las pautas que se le marquen desde los grandes centros de poder, cuanta menos capacidad tenga para gestionar libremente su propia administración, sus propios servicios públicos, para determinar su propia política de orden público. El margen de Israel es nulo, ya que se hundiría completamente y no subsistiría ni un solo día sin el diluvio de dólares y euros que le regalan incesantemente sus amos de Bruselas y Washington.

Eso prueba que el verdadero decisor de las matanzas, del baño de sangre, del terror en masa contra la población, de las devastaciones, no es Sharon,NOTA 1_30 quien es un simple muñeco utilizado por el Presidente Bush y por la eurocracia bruselense, que son quienes en realidad toman esas decisiones. Puede que detrás de Bush y de Romano Prodi estén los poderes de la sombra, las cúpulas de financieros, traficantes de armas, jefes de los servicios secretos, mandamases militares, que sean quienes dicten el guión a todos esos testaferros que luego acaparan el escenario.

Lo que es seguro, en todo caso, es que una instrucción clara y tajante de Washington o de Bruselas no dejaría a Israel opción alguna. Así, en 1956-57 Israel participó en la agresión de Inglaterra y Francia contra Egipto (desencadenada por la nacionalización del Canal de Suez por Nasser), con el beneplácito de los EE.UU.NOTA 1_31 Cuando el Presidente Eisenhower cambió de opinión (por temor a una guerra con Rusia) y dijo que Israel tenía que retirarse a las líneas de demarcación anteriores a la guerra de 1956, el gobierno israelí, con rabia en el corazón, acató y se retiró a las líneas de demarcación anteriores a la guerra de 1956. Una palabra basta. No darla equivale (en un contexto determinado, cuando se ostenta un determinado poder y se sabe lo que se sabe) a dar la orden de ejecutar el genocidio.


§08.-- ¿Un estado viable?NOTA 1_32

En tales condiciones resulta aparentemente paradójico que los eurócratas (y, en menor medida, los propios gobernantes norteamericanos) se hayan puesto ahora a hablar de un estado palestino viable al lado de Israel. Así parecen ofrecer algo, cuando en rigor no ofrecen nada en absoluto. Es más, eso que dicen es un disparate. Viables como estados no son ni Israel ni Palestina, ni siquiera un estado unificado Israel-Palestina. No hay estado viable de menos de 30.000 Km², ni menos uno superpoblado que depende --y seguiría dependiendo en cualquier caso-- de la ayuda foránea, y que ni siquiera puede organizar ningún servicio público, ninguna administración pública con un mínimo de independencia. En realidad Palestina dejó de ser independiente hace 25 siglos y --salvo en la ilusión de alguna insurrección ocasional-- no ha vuelto a serlo ni, en el mundo de hoy, puede serlo. No siendo ni pudiendo ser independiente, no es viable.

Sin duda cuando se habla hoy de viabilidad se quiere decir otra cosa. Se está como criticando lo que es en este momento la presunta política de Sharon y Simón Pérez, a saber: diseñar un pseudoestado palestino como un rosario de pequeños enclaves, de bantustanes de unas leguas cuadradas (a lo sumo) donde ondee la bandera palestina y que emita unos sellos de correos y sea un miembro de la ONU; un estado en el que se impondría por la fuerza --contra la voluntad de la abrumadora mayoría del pueblo palestino, que apoya a su legítimo líder, el Presidente Yasir Arafat-- una administración fantoche de las corrientes más intransigentes del islamismo (con cuyos postulados doctrinales y métodos concuerdan los integristas rabínicos, a pesar de que nominalmente son enemigos).

Es sumamente dudoso que tal sea el plan del gobierno israelí. Por lo siguiente: la política israelí ha mantenido (con la parcial excepción del período de Oslo 1993-98) una línea de gran continuidad desde 1948, continuidad que en rigor estriba en proseguir --sin interrupciones ni desvíos-- la política de las implantaciones sionistas desde 1919: exterminio de lor moradores autóctonos, hacer la vida imposible a tal población, amargarla, forzarla a partir a otros países árabes. Ésa es y ha sido siempre (salvo el paréntesis de Oslo) la política israelí. Y en esos planes la creación de bantustanes palestinos con independencia nominal sería un obstáculo, por muy instrumentalizados que estuvieran al principio los dirigentes islamistas impuestos por Israel para destrozar la popularidad de Al-Fataj. Una vez otorgada esa independencia y soberanía nominales a un enclave, aunque sea el de Jericó, es difícil garantizar que se mantendrá fiel al dictado israelí y que el reconocimiento internacional no se interponga en la reelaboración ulterior del mapa de la zona según nuevas y crecientes ambiciones sionistas de expansión territorial (que en el fondo no tendrían nada de nuevo).

No, lo más probable es que, si Israel hace creer a veces que eso es lo que se propone, es una diversión más para disimular su único y permanente propósito de forzar a toda la población árabe de Palestina a abandonar toda Palestina definitivamente.

Pero similarmente, hay que ver qué se esconde detrás de las declaraciones de los líderes de las potencias occidentales cuando hacen creer que miran con recelo ese presunto plan israelí y que, en vez de eso, preconizan un estadico palestino «viable» (mas ni siquiera en ese contexto demandan que tal estadico se extienda por toda la zona no ocupada por Israel hasta 1967, o sea toda Cisjordania y Gaza). Si lo que dicen los gobernantes de Jerusalén es una patraña y una cortina de humo, otra patraña y otra cortina de humo es lo que dicen sus amigos occidentales, sólo que un poquitín más refinada. Se trata de ganar tiempo, de no reconocer a las claras el plan de exterminación y desalojo finales. Si ese desalojo final fuera condenable, igual lo sería el de 1948, perpetrado con el activo sostén y estímulo de Londres, París y Washington. Poner en la picota la actual política de Israel es poner en la picota todo el colonialismo y neocolonialismo euro-norteamericano en la región desde el siglo XIX.

Es más: supongamos que sea sincero ese nuevo eslogan de la viabilidad, en el que como que se insinúa que se está defendiendo a los pobres palestinos y pidiendo para ellos algo más de lo que Israel parece dispuesto a otorgar en este rato. Si es sincero, sinceramente propone algo, algo que no es lo que presuntamente quiere Sharon, algo menos malo para el pueblo palestino. ¿Qué es ese algo? ¿Es el 20% del territorio de Palestina, o sea toda Cisjordania (con Jerusalén oriental) más Gaza? ¡No! Si fuera eso, se dice bien claro: vuelta a las líneas de demarcación (pseudofronteras) de 1967. Luego el retorcido eufemismo vehicula otra cosa. ¿Cuál? ¿Que no haya 14 bantustanes discontinuos de 1 legua cuadrada cada uno sino 2, 3 ó 4 un poquillo más grandes? ¿Cuál es esa noción de viabilidad? ¿Cuánto territorio, cuánta población?

Un estado palestino, aun con toda la Cisjordania y Gaza, es inviable como estado independiente y soberano (por las razones ya dichas agravadas por la discontinuidad entre Gaza y Cisjordania). Mas al menos sería una plasmación política nominal, simbólica, que --siempre que fuera acompañada del retorno de los refugiados-- permitiría a lo que queda de pueblo palestino (si se le diera una ayuda foránea suficiente) vivir y respirar un poco. Sería un simple anejo real de Israel, a su vez un anejo del campo occidental (especialmente de la Unión europea). Su independencia y su soberanía serían mucho más aparentes que reales. Mas esa apariencia bastaría para aliviar algo la vida de esos millones de seres humanos cuya vida es un infierno desde que Inglaterra posó allí su planta en 1919.

Menos que ese supermínimo ya no es nada, sombra de una sombra. Conque presentar ese proyecto de la sombra de una sombra --para hacer ver que no se está avalando la sombra de una sombra de una sombra-- no es sino aturdir y desorientar una vez más a la opinión pública y ganar tiempo para la inexorable e inflexible ejecución de los planes de exterminio de Israel.


§09.-- Una propuesta alternativa: renunciar a la independencia palestina

Fue totalmente correcta la propuesta de la OLP (Organización para la Liberación de Palestina) de reconocer al estado de Israel, renunciando a su justa reivindicación histórica (la de un estado palestino unificado, no discriminatorio, un estado de toda Palestina para todo el pueblo de Palestina, en el cual podrían quedar integrados, a título individual, los inmigrantes hebreos ya afincados en el país, que siempre habían sido bienvenidos, mientras no se propusieron adueñarse del territorio).

Fue correcto ese viraje por dos razones. La primera es que la implantación sionista se había hecho irreversible. La segunda es que la correlación de fuerzas --tras la caída del bloque soviético-- no hacía viable proseguir --con perspectivas razonables de triunfo-- la lucha por esa reivindicación histórica. Y, por justa que sea en abstracto una reivindicación, se hace injusto luchar por ella --a costa de un sacrificio doloroso para el pueblo-- cuando no hay razonables perspectivas de éxito.

La OLP y el Presidente Yasir Arafat proponían, así, un compromiso: una renuncia por Israel a su ambición de apoderarse de toda Palestina para los colonos hebreos (arrojando o exterminando a los moradores autóctonos) y, en contrapartida, una renuncia del pueblo palestino a las cuatro quintas partes de su territorio, para quedarse sólo con la pequeña porción de éste que no estuvo ocupada por Israel hasta la guerra de junio de 1967. El nuevo mini-estado palestino de Cisjordania+Gaza estaría inevitablemente subordinado a Israel; mas podría al menos estarlo con un mínimo de dignidad que salvara al restante pueblo palestino del aplastamiento total. A la vez, Israel reconocería un derecho de retorno de los refugiados --aunque el ejercicio de ese derecho, como el de cualquier otro, se sometiera en la práctica a unos límites y unas modalidades.

¿Qué ha hecho Israel? Primero, dio largas; luego, ejecutó muchísimo menos que a medias sus obligaciones contractuales; y, por último, ha enterrado los pactos con la OLP y puesto un sangriento final a todo el proceso de arreglo pacífico abierto en Oslo en 1993. En esas condiciones han caducado las ofertas de la OLP.

Naturalmente, el pueblo palestino --representado por la OLP y por su legítimo líder democrático, Yasir Arafat-- tiene pleno derecho a mantener esas propuestas y a donar los 4/5 de su territorio histórico al invasor sionista. Y haría bien en hacerlo si, a cambio, volvieran a surgir razonables perspectivas de reciprocidad, de un respeto israelí a la vida y a la dignidad de lo que queda del pueblo palestino, devolviendo a los palestinos al menos todo el territorio ocupado desde junio de 1967.

Sin embargo, está claro que Israel no lo va a hacer; ni eso ni nada que se acerque a eso. Ni siquiera una renuncia palestina a parte de esa reivindicación --ya de suyo modestísima y casi mínima-- podría ya apartar a Israel de su plan de toda la vida, que --desde el establecimiento del yugo colonial británico en 1919-- ha sido la de exterminar o expulsar a los palestinos de Palestina y hacer de ésta el patrimonio colectivo de la colonización sionista.

Mas, si es irrazonable una lucha por objetivos que, en las condiciones históricas dadas, resultan inalcanzables (por justos que sean); si es, por ello, desaconsejable que los palestinos luchen hoy por la supresión del pseudoestado sionista de Israel y la devolución del territorio de Palestina a su legítimo dueño, el pueblo palestino; si eso es así, entonces ¿qué justificación hay para proseguir la lucha por un arreglo pacífico cual se divisaba como prolongación de la vía de entendimiento y reconciliación abierta en Oslo en el verano de 1993?

¿No se sigue de esa consideración un pesimismo extremo? De un lado, reconozco que no hay perspectivas razonables para la lucha por lo que podríamos llamar `el programa máximo', la abolición del estado sionista y una Palestina democrática, unificada, una parte de la gran nación árabe, acogedora para los inmigrantes hebreos como siempre lo fue el pueblo árabe palestino. Mas, de otro lado, también digo que no hay tampoco hoy perspectivas razonables para la lucha por el objetivo mínimo, el de un miniestado palestino nominalmente independiente que se extienda por esa pequeña porción de Palestina que es Cisjordania+Gaza. Si ni lo uno ni lo otro, entonces nada, ¿no?

Ante las situaciones de impasse, el ser humano tiene la capacidad de inventar y de proponer otras cosas, soluciones nuevas. Cuando se bloquea totalmente el combate por objetivos modestos, recupera su legitimidad la lucha por otros más ambiciosos. Si tan difícil, tan imposible, es obtener lo menos como obtener lo más, entonces deja de haber razón para luchar sólo por lo menos.

Sin embargo, tampoco sería hoy aconsejable --ante el bloqueo del proceso de paz y la brutal agresión israelí-- retornar a las reivindicaciones anteriores, porque automáticamente la lucha sería anegada por el respaldo imperialista a Israel, secundado y coreado por la poderosa propaganda sionista --que cuenta con el respaldo incondicional de más del 99'99% de los medios de comunicación e información (o, mejor dicho, incomunicación y desinformación).

Mas puede que resulte razonable un nuevo objetivo que, en cierto modo, lo sacrifica todo y lo concede todo al agresor, mas en cierto modo recupera la reivindicación plena, sólo que bajo una formulación nueva: admitir el estado unitario de Israel y su soberanía sobre toda la Palestina del mandato británico, pero reclamando la igualdad y la democracia: el derecho de todos los refugiados a volver a sus hogares y el de todos los palestinos a ser ciudadanos de ese nuevo estado de Israel.

Así la reivindicación sería similar a la que animó la lucha de los negros surafricanos; sería simplemente el cese de la discriminación étnica, renunciando al nombre.

¿Cuál sería la resultante poblacional? Israel tiene un poco más de 6 millones de habitantes. Desconozco el número de recientes inmigrantes foráneos no hebreos, mas en principio los datos parecen indicar que ese número de 6 millones es el de ciudadanos israelíes; de los cuales cerca de una quinta parte son árabes-palestinos con ciudadanía israelí.NOTA 1_33 Cisjordania+Gaza tienen algo más de 3 millones de habitantes. Los refugiados palestinos suman 3.737.494; pero, descontando los que forman parte de la población de Cisjordania+Gaza, quedan unos dos millones y medio, la mayor parte de los cuales malviven en países vecinos --Líbano, Jordania y Siria--. Eso arroja una población palestina de unos 5 millones y medio, que, sumados a los ciudadanos árabes israelíes (cerca de 1.200.000) todavía hoy son más que los 4.800.000 hebreos.NOTA 1_34

Muy a menudo los periodistas fingen extrañarse de que no se pueda llegar en Palestina a un arreglo pacífico como aquel al que se llegó en Suráfrica. Cae fuera de los límites de este artículo enjuiciar lo de Suráfrica. Hay una enorme diferencia entre ambos conflictos, obvia para cualquiera que examine los factores jurídicos, históricos, denominacionales, demográficos y culturales. Mas optar por la reivindicación que estoy brindando permitiría hacer frente a esa desfiguración desinformativa del enemigo imperialista, atrayendo al sector menos venal de la opinión pública.

Nadie puede suplantar al propio pueblo palestino y a su legítimo representante democrático, la OLP. Sólo al pueblo palestino y a sus representantes democráticamente elegidos les corresponde asumir una opción de lucha u otra. Sólo ellos son dueños de su destino, de su futuro. Sólo ellos pueden hacer dejación de una u otra de sus reivindicaciones. Sólo ellos pueden adaptar su estrategia de combate a las nuevas necesidades y a las nuevas situaciones.

Modestamente, el autor de estas líneas les hace aquí esta propuesta. Si la secundara una parte significativa de la opinión pública bienintencionada, podría cortarse el nudo gordiano del bloqueo y abrirse una nueva perspectiva.


§10.-- Objeciones

1ª Objeción: `Israel es una República democrática'

ISRAEL ES UNA REPÚBLICA DEMOCRÁTICA, LA ÚNICA DEMOCRACIA DEL ORIENTE MEDIO. EN LA LUCHA ENTRE UN ESTADO DEMOCRÁTICO Y FUERZAS, ORGANIZACIONES O TENDENCIAS NO DEMOCRÁTICAS, HAY QUE OPTAR POR LA DEMOCRACIA.

Respuesta.--

  1. Si Israel es democrático, es una democracia. Si es una democracia, es el poder del pueblo. Si es el poder del pueblo, es el poder de un pueblo. Si es el poder de un pueblo, es el poder del pueblo israelí. Ahora bien, no existe el pueblo israelí (según lo he demostrado más arriba); existe en Palestina una población abigarrada: una gran masa de población autóctona árabe y un elevado número de inmigrantes de otras naciones de religión mosaica que se dicen o creen descendientes de Jacob. Ni es un pueblo el cúmulo de seres humanos portadores de pasaporte israelí, porque, al no ser Israel, propiamente, un estado, sus títulos de identidad no confieren ciudadanía propiamente dicha (igual que no hay un pueblo de la Soberana Orden de Malta ni una ciudadanía ordomaltense). Luego Israel no es una democracia. Luego no es democrático.

  2. Israel no es una república. No tiene una constitución democrática (ni de otro tipo). No sólo carece de constitución sino que nunca se ha proclamado república. Es un hecho casi único en la historia contemporánea que una no-monarquía no se proclame república (con las excepciones del «état français» del Mariscal Pétain y del «estado español» de la primera etapa franquista, antes de la Restauración del Reino). Mas siempre que sucede eso, sucede por algo. Franco preparaba la restauración borbónica desde 1936. Pétain dejaba una puerta abierta a la restauración borbónica en Francia. Israel sólo tiene un referente, y éste es mitológico: el referente bíblico del Reino de David,NOTA 1_35 como poder teocrático-rabínico, el poder conjunto de los vínculos de sangre y de la Ley de Jehová. Sin esa referencia, no es ni sería nada. Por eso, la lucha por un arreglo pacífico es también la lucha por un nuevo Israel, por una República de Israel como estado de y para la población de Israel (la cual tiene derecho a llamarse así o como le dé la gana). Hoy no existe tal República; no existiendo, no es democrática.

  3. Sin embargo, en un sentido ampliado de la palabra puede decirse que es democrática una organización cualquiera en la que las bases manden o elijan a los líderes, sin que tales bases sean un pueblo (ni haya, por lo tanto, en rigor democracia en sentido auténtico). Sin embargo, que una organización sea democrática en ese sentido tiene escaso valor. Una mafia o una camorra internamente democráticas (donde los cabecillas se promuevan por sufragio de los facinerosos agrupados en asamblea) no es mejor que una mafia o una camorra internamente autoritarias. La elección y la consulta a las bases son un bien instrumental, medial, no una finalidad.

  4. El pseudoestado de Israel no tiene más democraticidad interna que la de las instituciones políticas palestinas.NOTA 1_36 Tiene menos, porque aplica discriminaciones étnico-religiosas (incluso con relación a una parte de la gente portadora de títulos de identidad israelíes) y por estar bajo la égida de los rabinos y de organizaciones privadas transnacionales y extraterritoriales, que no son elegidas por la población de Israel ni tienen que darle cuentas.


2ª Objeción: `La autoridad palestina es corrupta'

ISRAEL ES INCORRUPTO AL PASO QUE LA AUTORIDAD NACIONAL PALESTINA ES CORRUPTA.

Respuesta.-- La campaña de la prensa occidental para desacreditar a la autoridad nacional palestina aduciendo casos reales o supuestos de corrupción ha sido el medio idóneo para preparar a la opinión pública para justificar el nuevo genocidio antipalestino. Eso prueba que todo está bien maquinado y urdido desde hacía tiempo. Ningún dato aportado permite concluir que haya más corrupción en la autoridad nacional palestina que en la eurocracia bruselense, en el gobierno francés, en las altas esferas de Washington, en Italia, etc.NOTA 1_37 Los escándalos de Israel fueron incluso aireados en la prensa hace unos años,NOTA 1_38 aunque la unión sagrada de los dos partidos políticos principales ha permitido ahora, de momento, tapar todo eso.NOTA 1_39

Sea como fuere, si mis gobernantes se enriquecen con los impuestos que pago, eso no me gusta; pero supongamos que, pretextando eso, vienen a destruir mi vivienda, matar a mi mujer y mis hijos, abrasarme, dejarme maltrecho, disparar contra las ambulancias que puedan socorrerme; que me hacen perecer a fuego lento de sed y hambre, arrancan los olivos de la campiña aledaña, convierten el modesto suburbio en que vivía yo en un campo de desolación al lado del cual el infierno sea un paraíso. ¿Qué diré yo? ¿Qué dirán los demócratas?


3ª Objeción: `El derecho del suelo pasa por encima del derecho de la sangre'

HAYA PASADO HASTA AHORA LO QUE HAYA PASADO, EL HECHO ES QUE AHORA EXISTE UNA ZONA GEOGRÁFICA LLAMADA `ISRAEL' QUE ES UN TERRITORIO CON UNA POBLACIÓN MAYORITARIAMENTE HEBREA Y QUE TIENE DERECHO A ESTAR POR EL MERO HECHO DE ESTAR, POR EL DERECHO DEL SUELO QUE PASA POR ENCIMA DEL DERECHO DE LA SANGRE, AL PASO QUE JUSTAMENTE LOS PALESTINOS, SI TIENEN ALGÚN DERECHO, ES EL DE EL RESTANTE TERRITORIO PALESTINO (GAZA Y CISJORDANIA), NUNCA EL DEL RETORNO DE LOS REFUGIADOS QUE SE BASARÍA EN HABER NACIDO ALLÍ O EN QUE SUS ANTEPASADOS HAYAN NACIDO ALLÍ.

Respuesta.-- La alternativa entre derecho de sangre (ius sanguinis) y derecho del suelo (ius soli) se puede entender de dos modos. De un modo se refiere a lo individual. Así, un argentino cuya madre sea española tiene ambos derechos: de sangre, a la nacionalidad española; de suelo, a la argentina. Los países civilizados amplían ambos derechos (sobre todo el del suelo) sin imponer coercitivamente una nacionalidad en casos de posible aplicación de varias. Un estado (Alemania) extiende desmesuradamente hasta lo absurdo el derecho de sangre y restringe también desproporcionadamente el del suelo. Mas en todos esos casos, estamos en lo individual, siendo la solución más equitativa la de conceder libertad de opción y, en lo posible, compatibilidad de varias nacionalidades.

Diversa es la cuestión en lo tocante a poblaciones enteras. Una población se continúa de generación en generación principalmente por el vínculo genético (aunque también por adopciones y por la incorporación de inmigrantes o extranjeros). Una población secularmente arraigada en un territorio tiene derecho a él aunque en un momento dado sea masivamente desalojada de él por una invasión foránea. La población grecochipriota no ha perdido su derecho a vivir en la parte septentrional de la isla de Chipre de donde ha sido expulsada por el ocupante ejército turco. Al derecho de sangre de una población entera no se le puede oponer el derecho del suelo del ocupante (el cual, por otro lado, en este caso aduce un imaginario derecho de sangre anterior, que dataría de hace 2 mil años). Eso sí, por duro que sea, incluso las poblaciones pierden su derecho con el paso del tiempo. Una injusticia que se prolonga siglos pasa a quedar jurídicamente entronizada --por la inseguridad jurídica que entrañaría cuestionar lo que la historia de varios siglos ha consagrado (por injusto y doloroso que haya sido). Mas no han pasado esos siglos. No ha pasado ni siquiera un solo siglo desde que Inglaterra se adueñó de Palestina y comenzó a convertirla a sangre y fuego en un «hogar nacional judío».


4ª Objeción: `Un acto de autodeterminación'

LA DECISIÓN COLECTIVA DE LOS JUDÍOS, O DE UN GRAN NÚMERO DE ELLOS, DE ERIGIRSE EN ESTADO SEPARADO, EN UN ESTADO APARTE, HA SIDO UN LEGÍTIMO ACTO DE AUTODETERMINACIÓN. SÓLO LA VOLUNTAD COLECTIVA DE UN CÚMULO DE SERES HUMANOS ES LO QUE DECIDE QUE SEAN UN PUEBLO DISTINTO DE LOS OTROS Y QUE EVENTUALMENTE SE SEPAREN.

Respuesta.-- No es así. Un cúmulo de personas no tiene derecho alguno a erigirse en pueblo. Los pueblos son resultado de una evolución histórica, de un largo proceso. En ese proceso intervienen causalmente miles de decisiones humanas, individuales y colectivas, mas no hay ninguna decisión singular que pueda constituir un pueblo.

Mas, aun dejando de lado si una colectividad dispersa y heteróclita cualquiera es un pueblo por el mero hecho de decidir llamarse `pueblo', eso no le da ningún derecho a separarse. En primer lugar, porque no existe ningún derecho irrestricto a separarse. La convivencia con otros (sea o no fruto de una opción previa) nos ha dado muchas ventajas, nos ha permitido alcanzar bienes que no tendríamos sin su colaboración; no tenemos derecho a romper unilateralmente porque nos da la gana esos vínculos, habiéndonos aprovechado del esfuerzo de los demás y sin incurrir en responsabilidad compensatoria. Si eso es ya válido aun en las relaciones individuales, más lo es en la vida de los pueblos.

Mas, aun suponiendo que cualquier población de cualquier territorio tenga derecho de secesión (que los marbellíes tengan derecho, tras beneficiarse durante siglos de su inclusión en el territorio del estado español y ser un emporio de éste, a erigirse en estado independiente, como lo ambicionaba su alcalde), aun así no cabe que un cúmulo disperso de personas se separen porque no hay territorio alguno al que tengan derecho. Y el derecho de separarse implica el derecho a un territorio separado; por lo tanto, el derecho a la existencia de un territorio separado. Mas cada territorio tiene ya un dueño colectivo, que es la población autóctona allí arraigada. Por otro lado, proclamar ese derecho irrestricto de secesión y, peor, ese derecho de cualquier cúmulo disperso de personas humanas a reclamar un territorio propio llevaría a la más espantosa anarquía y a la guerra de todos contra todos. La solución no es la separación, sino la convivencia pacífica, ordenada y civilizada.


5ª Objeción: `Hay que entender a los actores políticos'.

TODAS LAS CONSIDERACIONES DE ESTE ESCRITO GIRAN EN TORNO A CUESTIONES NORMATIVAS: EL DERECHO, LO QUE DEBER SER Y NO SER. EN VEZ DE ESO, HAY QUE ENTENDER A LOS ACTORES HISTÓRICOS Y POLÍTICOS, HAY QUE VER EL PORQUÉ DE SUS ACCIONES, HAY QUE EXPLICAR SU CONDUCTA. SÓLO ASÍ SE PODRÁN SENTAR BASES PARA BRINDAR SOLUCIONES.

Respuesta.-- La comprensión y la explicación de los hechos históricos son sin duda tareas arduas pero valiosas, aunque en modo alguno deben estorbar el juicio jurídico-normativo. Efectivamente, mi presente ensayo sólo aborda cuestiones normativas y ciertas cuestiones de hecho que hay que fijar para determinar las consecuencias jurídicas de esos supuestos de hecho. No entra en mis planes ofrecer una explicación de tales hechos ni «comprender» a los personajes involucrados.

Unos acudirán a una explicación psicoanalítica: tales personajes obran bajo impulsos sublimados. Otros a una explicación marxista: lucha de clases, contradicción entre las fuerzas productivas y las relaciones de producción. Otros se contentarán con explicaciones más simples y tradicionales: toda la empresa de sojuzgamiento del oriente medio por parte de las naciones europeas y de Norteamérica responde a un afán de dominación del otro; Israel es una pieza clave de esa empresa, es una cuña hincada en el corazón de ese mundo árabe u oriental por el Occidente gracias al cual se lo ha puesto de rodillas; y, al obrar así, los occidentales de hoy actúan por las mismas razones por las que obraron siempre los imperialismos: afán de dominio, desprecio del otro, en parte justificación del mal que se ha hecho agravándolo.NOTA 1_40

Puede que haya verdad en cada una de tales explicaciones. Puede que haya otras mejores. Personalmente me inclino por otra, que en parte es concili